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Director de «Darwin Psicólogos» en Madrid explica siete pasos para enseñar a los niños a reconocer y gestionar sus emociones

El autor, Rafa Guerrero, es psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación. En la actualidad es director de Darwin Psicólogos, un centro de psicoterapia referente en Madrid. Es profesor en varias universidades, entre las que destacamos el Centro Universitario Cardenal Cisneros y la Universidad Alfonso X El Sabio.

En Madrid, España, el psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación Rafael Guerrero, director de Darwin Psicólogos, plantea siete pasos fundamentales para ayudar a los niños a identificar, comprender y gestionar sus emociones. Su propuesta parte de una idea esencial: los menores no nacen sabiendo regular lo que sienten, sino que necesitan aprender progresivamente con el acompañamiento de los adultos. Guerrero, autor del libro Educación emocional y apego, también desarrolla su actividad como docente universitario, entre otras instituciones, en el Centro Universitario Cardenal Cisneros y la Universidad Alfonso X El Sabio. Sus orientaciones están dirigidas tanto a familias como a educadores.

El especialista sostiene que la educación emocional no consiste en impedir que los niños experimenten miedo, tristeza, rabia o frustración, sino en enseñarles a comprender esas experiencias y responder de manera adecuada. Para conseguirlo, propone un proceso de siete fases que comienza con el conocimiento de las emociones y culmina con la capacidad de explicar lo ocurrido. Este aprendizaje requiere tiempo, acompañamiento y oportunidades para practicar en situaciones cotidianas. Desde una rabieta hasta el miedo provocado por una caída, cada experiencia puede convertirse en una ocasión para desarrollar habilidades emocionales que favorezcan la convivencia, la autonomía y las relaciones personales.

El autor, Rafa Guerrero, es psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación. En la actualidad es director de Darwin Psicólogos, un centro de psicoterapia referente en Madrid. Es profesor en varias universidades, entre las que destacamos el Centro Universitario Cardenal Cisneros y la Universidad Alfonso X El Sabio.

Los siete pasos para enseñar a los niños a gestionar sus emociones

El psicólogo español Rafael Guerrero propone siete pasos para ayudar a los niños a reconocer, comprender y regular sus emociones. Su enfoque ofrece herramientas prácticas para que padres y docentes acompañen el desarrollo emocional infantil, enseñando a gestionar el miedo, la rabia, la tristeza y la frustración de manera saludable.

1. Conocer las emociones y comprender para qué sirven. El primer paso consiste en enseñar a los niños a identificar las emociones básicas, aprender sus nombres y comprender las funciones que cumplen. Guerrero explica que no es suficiente decir que uno se siente mal, porque esa expresión no permite distinguir entre tristeza, miedo, rabia o frustración. Cada emoción transmite información sobre lo que estamos experimentando. Por ejemplo, la rabia puede aparecer cuando percibimos una injusticia o encontramos un obstáculo, mientras que el miedo nos alerta ante una posible amenaza. Ampliar el vocabulario emocional permite describir con mayor precisión lo que sentimos y constituye la base para desarrollar las siguientes habilidades.

2. Reconocer las emociones cuando aparecen. Una vez que los niños conocen las emociones, necesitan aprender a identificarlas en situaciones reales. Guerrero utiliza una comparación sencilla: para reconocer la Torre Eiffel entre varias fotografías, primero debemos saber cómo es. Con las emociones sucede algo semejante. Un niño difícilmente podrá identificar que siente miedo si desconoce sus características. Por eso, los adultos pueden ayudarlo a relacionar determinadas experiencias con las emociones correspondientes. Reconocer una emoción implica identificarla mientras se experimenta, observando también las sensaciones corporales que la acompañan. Este ejercicio permite avanzar desde una reacción emocional confusa hacia una comprensión más consciente de lo que ocurre.

3. Legitimar las emociones sin juzgar lo que sienten. El tercer paso consiste en permitir que los niños experimenten y expresen sus emociones, incluso cuando resultan incómodas para los adultos. Guerrero considera fundamental reconocer que sentir rabia, tristeza o miedo forma parte de la experiencia humana. Legitimar una emoción no significa aceptar cualquier comportamiento derivado de ella. Un niño puede sentirse enfadado porque no consigue lo que desea, pero eso no implica permitir que golpee a otra persona. La emoción debe ser reconocida, mientras que la conducta puede necesitar límites y orientación. Esta distinción ayuda a acompañar emocionalmente sin renunciar a las normas necesarias para convivir.

4. Enseñar estrategias para regular las emociones. Después de identificar y legitimar lo que sienten, los niños necesitan herramientas para afrontar sus experiencias emocionales. Guerrero destaca que reconocer una emoción no basta si no sabemos qué hacer con ella. Entre sus ejemplos aparece el aprendizaje de la tolerancia al aburrimiento, una capacidad que considera importante desarrollar. En su práctica profesional propone permanecer sentado durante cinco minutos sin televisión, teléfono móvil ni otras distracciones, permitiendo simplemente pensar. Aprender a tolerar momentos de inactividad puede ayudar a reducir la necesidad de estimulación constante. Otras estrategias educativas pueden incluir respirar pausadamente, buscar tranquilidad o expresar verbalmente aquello que provoca malestar.

5. Favorecer la reflexión sobre lo que ocurre en el cuerpo y la mente. La quinta fase invita a detenerse y observar la experiencia emocional con mayor profundidad. Guerrero considera que la vida cotidiana deja poco espacio para pensar sobre lo que sentimos y cómo reaccionamos. Por ello, propone enseñar a los niños a identificar cuatro aspectos relacionados: las sensaciones físicas, las emociones, los pensamientos y las conductas. Ante una situación de miedo, por ejemplo, pueden experimentar tensión muscular, pensar que algo malo sucederá y sentir deseos de escapar. Reflexionar sobre estas conexiones permite comprender mejor las propias reacciones y facilita que, progresivamente, los menores desarrollen mayor conciencia emocional.

6. Aprender a responder de manera adecuada y no solamente impulsiva. Guerrero explica que los niños pequeños todavía están desarrollando las capacidades necesarias para controlar sus impulsos. Por eso, cuando un menor de dos o tres años experimenta una rabieta, puede tirarse al suelo, llorar o patalear porque aún dispone de recursos limitados para expresar su frustración. El especialista propone comprender estas manifestaciones desde el desarrollo infantil y acompañar al niño hacia respuestas progresivamente más adaptativas. El objetivo no es exigir un autocontrol que todavía no puede ejercer plenamente, sino enseñarle alternativas conforme madura. Expresar el enfado mediante palabras, pedir ayuda o apartarse momentáneamente de una situación son habilidades que pueden aprenderse con orientación y práctica.

7. Construir una narrativa emocional que permita comprender lo sucedido. El último paso consiste en integrar las fases anteriores mediante una explicación clara de la experiencia vivida. Guerrero utiliza el ejemplo de un niño que se cae mientras camina y comienza a llorar. El adulto puede explicarle que se ha asustado porque no esperaba caerse, que esa sensación se llama miedo y que llorar constituye una reacción comprensible. Poner palabras a lo ocurrido ayuda al niño a relacionar los acontecimientos con sus emociones y respuestas corporales. Esta narrativa permite organizar la experiencia, comprender sus causas y reconocer que las emociones tienen una explicación, incluso cuando inicialmente resultan difíciles de entender.

El papel de las familias y los docentes en la educación emocional

Las siete fases propuestas por Rafael Guerrero presentan la educación emocional como un aprendizaje progresivo que necesita acompañamiento, paciencia y coherencia por parte de los adultos. En el hogar y en la escuela, las situaciones cotidianas ofrecen oportunidades para enseñar a reconocer sentimientos, establecer límites y desarrollar estrategias de regulación. No se trata de conseguir que los niños estén siempre tranquilos, felices o conformes, sino de ayudarlos a comprender que todas las emociones forman parte de la vida y que existen distintas maneras de responder ante ellas. Educar emocionalmente significa, en definitiva, acompañar sin invalidar, orientar sin imponer respuestas imposibles y enseñar con el ejemplo. Un niño que aprende a comprender lo que siente dispone de mejores herramientas para afrontar sus dificultades, relacionarse con los demás y construir progresivamente su autonomía emocional.

Redacción: Web del Maestro CMF

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