En Argentina, especialistas, docentes y profesionales vinculados a la salud infantil vienen advirtiendo una situación que ya no pasa desapercibida en escuelas, clubes y espacios recreativos: cada vez más niños presentan movimientos torpes al correr, saltar o coordinar su cuerpo, además de dificultades para desenvolverse físicamente con naturalidad. Lo que durante años pudo considerarse una característica individual o una etapa propia del desarrollo infantil hoy comienza a observarse como una tendencia creciente relacionada con cambios profundos en los hábitos y estilos de vida de la infancia actual.
Las escenas se repiten con frecuencia. Niños que corren con movimientos rígidos, que miran constantemente el suelo mientras juegan o que encuentran dificultades para realizar acciones que antes parecían espontáneas: saltar, trepar, mantener el equilibrio o coordinar brazos y piernas. Detrás de estas situaciones aparecen factores como el sedentarismo, el exceso de tiempo frente a las pantallas y la disminución del juego libre.
La infancia cambió y también cambió la manera de moverse
Durante décadas, el movimiento formó parte natural de la vida infantil. Los niños corrían durante los recreos, jugaban en las calles, subían árboles y exploraban espacios abiertos casi sin darse cuenta de que estaban entrenando habilidades fundamentales para su desarrollo.
Hoy el escenario es distinto. Las horas frente a teléfonos, tabletas y computadoras comenzaron a reemplazar parte importante de ese movimiento cotidiano. Las pantallas ofrecen estímulos inmediatos y permanentes que captan la atención durante largos períodos.
Un profesor con décadas de experiencia observando el desarrollo infantil describió una realidad que se volvió cada vez más evidente: muchos niños están aprendiendo ejercicios básicos que antes ya dominaban a edades tempranas.
La consecuencia no se limita únicamente a correr de forma diferente. El movimiento constituye una parte esencial del desarrollo cerebral y corporal. Cuando el cuerpo deja de explorar, el cerebro también pierde oportunidades de aprendizaje.
La edad de oro del aprendizaje motor
Los especialistas explican que existe una etapa entre los siete y los doce años especialmente importante para el desarrollo físico. Durante ese período el cerebro comienza a organizar y automatizar movimientos complejos mediante experiencias repetidas.
Correr, saltar, trepar, lanzar una pelota o andar en bicicleta no son actividades simples de entretenimiento; son experiencias que enseñan al cerebro cómo coordinar el cuerpo.
Cuando estas experiencias disminuyen, aparecen dificultades relacionadas con la coordinación y el equilibrio.
Uno de los conceptos que comenzó a ganar importancia es el de “analfabetismo motriz”, utilizado para describir a niños que presentan carencias en habilidades físicas básicas que deberían desarrollarse naturalmente durante la infancia.
Cuando el cerebro pierde referencias del cuerpo
Especialistas explican que una de las consecuencias observadas es la alteración de la propiocepción, una capacidad que permite al cerebro reconocer la posición y movimiento del cuerpo sin necesidad de mirar.
«Se llama pérdida de la noción de la propiocepción, que es la alteración en la capacidad del cerebro para percibir la posición, el movimiento, la fuerza y el equilibrio de las partes del cuerpo sin usar la vista. Provoca torpeza, inestabilidad, dependencia visual para moverse y riesgo de nuevas lesiones».
La propiocepción funciona como una especie de mapa interno corporal. Gracias a ella podemos caminar, correr, saltar o mantener el equilibrio casi automáticamente.
Cuando esta capacidad se debilita pueden aparecer:
• Torpeza motriz
• Inestabilidad corporal
• Dependencia excesiva de la vista para moverse
• Mayor riesgo de lesiones
Esto ayuda a entender por qué algunos niños parecen correr de manera rígida o presentan dificultades para coordinar movimientos simples.
El juego libre: una capacidad que parece estar desapareciendo
Otro aspecto que preocupa a los especialistas es la pérdida gradual del juego espontáneo.
Durante generaciones anteriores, los niños inventaban actividades, negociaban reglas y resolvían problemas sin supervisión constante. Esa libertad les permitía desarrollar creatividad, autonomía y capacidad de adaptación.
Actualmente muchas actividades infantiles son planificadas, supervisadas o estructuradas por adultos.
Un especialista describió esta situación con preocupación: «A los chicos se les murió la capacidad de autogestionar su propia recreación».
Más allá de la contundencia de la frase, el mensaje apunta a un cambio profundo: los niños siguen jugando, pero cada vez tienen menos oportunidades para crear sus propios espacios de movimiento y exploración.
No todo está perdido: el cuerpo todavía puede aprender
Aunque la situación genera preocupación, los especialistas también señalan un aspecto alentador: el desarrollo motor puede fortalecerse y recuperarse durante la infancia.
El cuerpo infantil posee una enorme capacidad de adaptación. La actividad física cotidiana continúa siendo una herramienta poderosa para mejorar coordinación, equilibrio y seguridad corporal.
No se trata necesariamente de deportes competitivos o entrenamientos intensivos.
Correr en una plaza, jugar a la pelota, andar en bicicleta, saltar la cuerda o simplemente moverse libremente siguen siendo actividades capaces de estimular el desarrollo físico y cerebral.
El desafío parece ser más amplio que reducir el tiempo frente a una pantalla. La verdadera tarea consiste en devolverle a la infancia algo que siempre le perteneció: el derecho a moverse, explorar y aprender con el cuerpo antes de hacerlo únicamente con un dedo sobre una pantalla.
Redacción | Web del Maestro CMF