En el debate educativo actual, uno de los temas más sensibles y, a la vez, más decisivos es el inicio del proceso lector y escritor. ¿Cuándo empezar? ¿Cómo hacerlo sin forzar? ¿Qué rol cumple la educación inicial? Para profundizar en estas preguntas, conversamos con Lilly Rosa Borja, profesora de educación inicial con amplia experiencia en el trabajo pedagógico con niños pequeños.
Lilly Rosa Borja es una docente con 25 años de experiencia en el ámbito educativo, especializada en el nivel inicial y en los primeros grados de primaria (primer y segundo grado). A lo largo de su trayectoria ha acompañado procesos clave del desarrollo infantil, consolidando una práctica pedagógica centrada en el aprendizaje significativo y el respeto por los ritmos individuales. Su mirada no surge de la teoría aislada, sino de la práctica sostenida en el aula y del acompañamiento directo a cientos de niños en sus primeros aprendizajes.
La especialista comienza aclarando un punto clave: cuando hablamos de primera infancia, nos referimos al periodo que va desde el nacimiento hasta los 6 o 7 años. Se trata de una etapa decisiva, porque es el momento en que se consolidan las bases del desarrollo cognitivo, social y emocional. En estos años se estructura la arquitectura mental que sostendrá todos los aprendizajes posteriores.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué es tan importante trabajar la lectura y la escritura en esta etapa? Lilly Rosa Borja es enfática al señalar que no se trata únicamente de aprender letras o escribir palabras. El objetivo es mucho más profundo. La lectura y la escritura son herramientas fundamentales para la expresión, la comunicación y la comprensión del mundo. Son, en esencia, la base del desarrollo integral del niño.
El rol del nivel inicial: preparar sin forzar
Otro aspecto central es el papel del nivel inicial. ¿Debe el jardín enseñar formalmente a leer y escribir? La especialista responde con claridad: el nivel inicial no tiene como meta una enseñanza rígida o formal de la lectoescritura, sino preparar el terreno para que el proceso posterior sea natural, fluido y significativo.
En esta etapa se trabajan habilidades esenciales como la conciencia fonológica —reconocer y discriminar sonidos—, la memoria visual y auditiva, y la motricidad fina, todas fundamentales para el aprendizaje posterior. Estas capacidades no son accesorios; son los cimientos que permiten que, al llegar a la educación primaria, el niño enfrente la lectura y la escritura con mayor seguridad y disposición.
Pero aquí aparece una cuestión clave: ¿cómo evitar la presión adulta que muchas veces intenta acelerar procesos? Borja subraya que respetar el ritmo individual es una condición pedagógica irrenunciable. No es posible imponer aprendizajes cuando el niño no está madurativamente preparado. Por ello, el enfoque debe centrarse en ofrecer oportunidades de exploración y juego con el lenguaje, asegurando que la experiencia sea significativa. La premisa es clara: que sea un juego, no una obligación.
Estrategias concretas para casa y aula
¿Qué pueden hacer padres y docentes para fortalecer este proceso? La especialista destaca estrategias simples, pero altamente efectivas. La primera, y quizá la más poderosa, es leer en voz alta de manera frecuente y afectiva. Esta práctica no solo estimula el lenguaje, sino que construye vínculo, desarrolla imaginación y despierta el gusto por la lectura.
También recomienda brindar espacios para la escritura libre y creativa, donde los niños puedan elaborar cuentos, poemas o pequeños diarios sin temor al error. La escritura, en esta etapa, debe entenderse como un medio de expresión y no como un ejercicio mecánico.
En el contexto actual, Borja reconoce el valor de la tecnología en la educación, pero considera que en edades tempranas (3-5 años) no debería ser el medio principal de aprendizaje. Los niños necesitan experiencias directas y sociales para desarrollar habilidades fundamentales. El uso excesivo de pantallas puede afectar la imaginación y la creatividad. La tecnología debería ser introducida de manera gradual y controlada en etapas posteriores.
El desafío final: personalizar el acompañamiento
Finalmente, ¿existe una receta única para lograr que todos los niños desarrollen sólidas habilidades lectoras y escritoras? La respuesta es categórica: no hay una fórmula universal. Cada niño posee un estilo y un ritmo de aprendizaje propio. Por ello, el desafío para padres y educadores es identificar qué estrategias funcionan mejor en cada caso.
Con paciencia, creatividad y compromiso, sostiene Lilly Rosa Borja, es posible lograr que los niños no solo aprendan a leer y escribir, sino que desarrollen habilidades sólidas, significativas y duraderas, asentadas en una experiencia temprana respetuosa y estimulante.
La conclusión es contundente: la lectura y la escritura en la primera infancia no deben entenderse como una carrera contra el tiempo, sino como un proceso de construcción progresiva que exige sensibilidad pedagógica, conocimiento del desarrollo infantil y profundo respeto por la madurez de cada niño.
Redacción | Web del Maestro CMF






