Las palabras de Joseph Oughourlian, presidente del Grupo PRISA, pronunciadas en la apertura de la segunda jornada del Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, no son una consigna retórica ni un gesto de coyuntura. “Debemos defender el pensamiento crítico y la verdad, cueste lo que cueste” es, en realidad, una advertencia política, educativa y cultural dirigida a una región que enfrenta una encrucijada profunda: o refuerza los pilares del conocimiento, la educación y la información independiente, o se expone a una deriva de irrelevancia, desinformación y fragilidad democrática.
El foro, organizado por CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe con el apoyo de PRISA a través del World in Progress, reunió a jefes de Estado, autoridades políticas, líderes empresariales y referentes del mundo intelectual. Aunque concebido inicialmente como un espacio para fortalecer vínculos comerciales, el encuentro se consolidó como una verdadera cumbre política regional, una suerte de “Davos latinoamericano” donde el debate central fue el lugar de América Latina en un mundo cada vez más polarizado, incierto y competitivo.
Educación e información: recursos que no se pueden expropiar
Oughourlian fue categórico al señalar que la educación de calidad y la información independiente son “dos recursos que no se pueden robar ni expropiar”. No se trata de una frase simbólica: en contextos de inestabilidad institucional, populismo informativo y manipulación de la opinión pública, estos dos pilares constituyen la base real de la autonomía de los Estados y de la libertad de sus ciudadanos.
El diagnóstico educativo que expuso es alarmante. Según datos de la UNESCO, el 55 % de los estudiantes latinoamericanos no alcanza los niveles mínimos de lectura, el doble del promedio de los países de la OCDE. Este dato no describe solo una falla pedagógica: evidencia una crisis estructural que compromete el futuro económico, social y democrático de la región. Una ciudadanía que no comprende lo que lee es una ciudadanía vulnerable a la desinformación, al simplismo ideológico y a la manipulación política.
Cuando Oughourlian habla de “despertar la capacidad de 120 millones de estudiantes de educación básica”, no apela a una utopía educativa, sino a una necesidad estratégica. Esos estudiantes serán, en un futuro inmediato, los ciudadanos que deberán sostener el crecimiento, la innovación, la gobernabilidad y la convivencia democrática en América Latina. Sin pensamiento crítico, no hay democracia sólida; sin comprensión lectora, no hay pensamiento crítico.
La lucha contra la desinformación como batalla democrática
El énfasis en la verdad no puede desligarse del escenario informativo actual. Oughourlian retomó la idea de crear una cultura de confianza, subrayando que la lucha contemporánea es “por la democracia, contra la desinformación y por la verdad”. En una región donde los discursos polarizantes, las noticias falsas y la manipulación algorítmica erosionan el debate público, defender el periodismo independiente no es una opción ideológica, sino una responsabilidad democrática.
La información rigurosa, contrastada y plural no solo informa: forma criterio. Y ese criterio es el que permite a los ciudadanos distinguir entre hechos y opiniones, entre datos y propaganda, entre argumentos y consignas. Sin esa capacidad, la democracia se vacía de contenido y se convierte en un mero procedimiento formal.
América Latina y el riesgo de la irrelevancia
El foro también dejó en evidencia una preocupación compartida por diversos líderes regionales: el riesgo de que América Latina permanezca al margen de las grandes decisiones globales. El expresidente colombiano Juan Manuel Santos advirtió que, en un mundo impredecible, la región necesita encontrar un rumbo común para ser un actor relevante. Las reiteradas llamadas a la integración regional, escuchadas durante décadas, siguen sin traducirse en acciones concretas.
Aquí, nuevamente, educación y pensamiento crítico aparecen como condiciones previas. No puede haber integración efectiva sin ciudadanos informados, capaces de comprender la complejidad geopolítica, económica y social del mundo contemporáneo. Tampoco puede haber una voz regional fuerte si las sociedades están fragmentadas por la desinformación y el descrédito sistemático de las instituciones.
Defender la verdad “cueste lo que cueste”
La frase de Oughourlian incomoda porque exige coherencia. Defender el pensamiento crítico implica aceptar el disenso, la evidencia incómoda y la crítica informada, incluso cuando cuestiona intereses políticos, económicos o ideológicos. Defender la verdad tiene costos: económicos, reputacionales y, en algunos contextos, incluso personales. Pero renunciar a ella tiene un costo mayor y más duradero: la degradación de la vida democrática.
En un tiempo marcado por la sobreinformación, la posverdad y la banalización del conocimiento, la defensa de la educación de calidad y del periodismo independiente no es un lujo intelectual. Es una condición indispensable para que América Latina pueda construir Estados fuertes, sociedades libres y ciudadanos capaces de decidir su propio destino. La advertencia está hecha. Ignorarla sería, también, una forma de renuncia colectiva.
Redacción | Web del Maestro CMF






