La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestra vida cotidiana con una velocidad que sorprende incluso a quienes trabajan en tecnología. En cuestión de meses se volvió normal que un algoritmo nos diga por dónde manejar, qué ver, qué leer, qué comprar y hasta qué pensar sobre ciertos temas. Frente a esta revolución, el tecnólogo y emprendedor argentino Santiago —coautor con Mariano Sigman del concepto sedentarismo cognitivo— plantea un problema que no es técnico, sino profundamente humano: la delegación masiva de nuestras decisiones en las máquinas está atrofiando nuestra capacidad de pensar por cuenta propia.
Si deseas profundizar en esta reflexión, te recomiendo ver la charla TEDx de Santiago —“Inteligencia artificial: el riesgo del sedentarismo cognitivo”— donde desarrolla con claridad este concepto y alerta sobre los riesgos de delegar nuestras decisiones en algoritmos. Su mirada combina tecnología, neurociencia y futuro, y complementa perfectamente el análisis de este artículo.
Lo que antes era una ayuda puntual ahora se transformó en un hábito automático. Cuando un sistema de navegación nos guía sin que evaluemos alternativas, cuando un algoritmo de redes sociales secuestra nuestra atención sin resistencia o cuando un chatbot redacta por nosotros sin que revisemos críticamente su propuesta, ocurre algo más serio que la mera falta de concentración: estamos renunciando a la pregunta más esencial de la conciencia humana: ¿qué quiero realmente hacer?
La IA no nos está quitando tiempo; nos está quitando intención.
Este fenómeno no es nuevo. Cada vez que la humanidad ha delegado una habilidad en la tecnología, ha perdido parte de su autonomía. El fósforo hizo que olvidáramos cómo encender fuego. El GPS borró nuestra memoria espacial. Las redes sociales erosionan nuestra paciencia. Pero la IA añade un matiz distinto: no nos quita solo habilidades físicas o prácticas, sino capacidades mentales.
Por eso Sigman y Santiago describen la situación como una nueva forma de sedentarismo, no del cuerpo sino de la mente.
El riesgo no está en usar estas herramientas —sería absurdo renunciar a sus beneficios—, sino en entregarles el control de nuestra vida mental. Si dejamos que la IA decida siempre por nosotros, terminaremos viviendo en piloto automático, guiados por metas que no elegimos y convertidos en usuarios obedientes de sistemas que conocen nuestras debilidades mejor que nosotros mismos.
La tecnología, entonces, no solo moldeará nuestro pensamiento: lo reemplazará.
Sin embargo, existe un camino distinto. El ejemplo de una docente que pidió a sus estudiantes revisar críticamente las correcciones hechas por una IA revela una alternativa pedagógica poderosa: usar la tecnología como un espejo cognitivo, no como un sustituto del pensamiento. Allí los alumnos aprendieron que la inteligencia artificial puede mejorar una producción, pero que el criterio final es siempre humano.
Ese es el tipo de alfabetización que necesitamos: no cómo usar la IA, sino cómo no dejar que piense por nosotros.
El desafío es enorme, porque ir en contra de la comodidad que ofrecen los algoritmos exige un esfuerzo que ya no estamos acostumbrados a hacer. Pero si no lo hacemos, corremos el riesgo de convertirnos en personas cada vez más incapaces de tomar decisiones, resolver problemas o tolerar la incertidumbre. En otras palabras: la comodidad extrema nos volverá dependientes y cognitivamente frágiles.
La verdadera revolución, entonces, no está en la IA, sino en nuestra capacidad de seguir siendo autores de nuestras decisiones. La tecnología puede acompañarnos, ampliar nuestras posibilidades y ayudarnos a aprender. Pero nunca debería ocupar el lugar que le corresponde a la reflexión humana.
Porque si renunciamos a pensar, la tecnología no solo pensará por nosotros: decidirá quiénes somos y hacia dónde vamos.
Redacción | Web del Maestro CMF






