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Craig Booth: “La IA está matando internet, no dejemos que mate también la educación”

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Craig Booth: “La IA está matando internet, no dejemos que mate también la educación”

La inteligencia artificial promete transformar la educación, pero su uso sin criterio puede debilitar el pensamiento crítico, eliminar el esfuerzo intelectual y convertir el aprendizaje en un proceso cada vez menos humano.

El avance de la inteligencia artificial está transformando internet y comienza a plantear interrogantes profundos sobre lo que ocurre dentro de las aulas. Craig Booth, director de Tecnología de Packback, una plataforma educativa que trabaja con inteligencia artificial, advirtió sobre este fenómeno en un artículo publicado en agosto de 2025 en el medio estadounidense RealClearEducation. Su planteamiento parte de una preocupación concreta: la automatización puede ser útil, pero cuando sustituye procesos que requieren pensamiento, esfuerzo e interacción humana, la tecnología corre el riesgo de vaciar de sentido tanto la comunicación digital como la experiencia educativa.

Una internet cada vez menos humana

Durante años, internet se caracterizó por ser un espacio desordenado pero profundamente humano. Foros, blogs, páginas personales y comunidades reunían conversaciones, conocimientos y opiniones creadas por personas. Booth sostiene que esa naturaleza está cambiando aceleradamente con la expansión del contenido producido de manera automática.

“Internet sigue estando lleno de debate y opiniones no filtradas. Sin embargo, se percibe como mucho menos vivo, y mucho menos humano, de lo que fue en tiempos”.

El problema no reside únicamente en la cantidad de información generada mediante inteligencia artificial. Una parte creciente de ese contenido es creada por algoritmos para ser detectada, recomendada y amplificada por otros algoritmos, generando un circuito en el que la participación humana puede quedar relegada.

Las estimaciones recogidas por Booth resultan significativas: más del 40 % de las publicaciones extensas de Facebook y más de la mitad de las publicaciones largas de LinkedIn podrían estar generadas mediante inteligencia artificial. Además, una parte de la interacción que reciben esos contenidos puede proceder de mecanismos automatizados.

El resultado es una red donde cada vez puede resultar más difícil distinguir qué fue pensado por una persona, qué fue producido por una máquina y qué interacciones corresponden realmente a seres humanos.

Del internet automatizado al aula automatizada

Para Booth, el verdadero motivo de alarma aparece cuando esta misma dinámica comienza a reproducirse en la educación superior. El aula podría convertirse en un circuito donde una inteligencia artificial crea la actividad, otra realiza el trabajo del estudiante y una tercera ayuda al profesor a evaluarlo.

El proceso puede parecer eficiente:

  • Un docente utiliza inteligencia artificial para preparar una rúbrica o diseñar una tarea.
  • El estudiante introduce las instrucciones en otra herramienta y obtiene un ensayo prácticamente terminado.
  • El profesor emplea otro sistema automatizado para revisar el trabajo y generar comentarios.
  • Herramientas de detección y sistemas de reformulación intentan determinar si el contenido fue creado artificialmente.

Formalmente, la actividad se habría completado: existe una tarea, una respuesta, una evaluación y una calificación. Pero la pregunta esencial es cuánto aprendizaje humano ocurrió realmente durante ese proceso.

Esta situación lleva a Booth a plantear, a modo de advertencia, una especie de “teoría de la educación muerta”, inspirada en la denominada teoría de la internet muerta. Si las máquinas comienzan a producir las preguntas, elaborar las respuestas y evaluar los resultados, el estudiante podría terminar convertido en un intermediario dentro de una conversación entre algoritmos.

El uso de IA entre los estudiantes ya es masivo

La preocupación no parte de un escenario lejano. Los datos citados por Booth muestran que el 86 % de los estudiantes universitarios consultados en una encuesta global de 2024 del Digital Education Council utilizaba inteligencia artificial en sus estudios. Más de la mitad, un 54 %, declaraba utilizarla al menos semanalmente y una cuarta parte lo hacía diariamente.

Al mismo tiempo, los docentes también están incorporando estas tecnologías para crear materiales educativos, favorecer la participación de los estudiantes y generar retroalimentación.

Booth no sostiene que la inteligencia artificial deba desaparecer de las instituciones educativas. Por el contrario, reconoce que empresas y organizaciones están incorporando rápidamente sistemas de automatización y que las universidades tienen la responsabilidad de preparar a sus estudiantes para trabajar profesionalmente con estas herramientas.

El conflicto aparece cuando preparar al alumno para utilizar inteligencia artificial termina convirtiéndose en permitir que la inteligencia artificial piense, escriba, resuelva y decida sistemáticamente por él.

El esfuerzo también forma parte del aprendizaje

Uno de los argumentos centrales de Booth cuestiona precisamente la búsqueda permanente de facilidad. Aprender implica equivocarse, revisar, discutir, dudar, intentar nuevamente y enfrentarse a problemas que no ofrecen respuestas inmediatas.

“La IA puede eliminar de la educación el conflicto y la lucha, que son el lugar donde sucede el aprendizaje real”.

La advertencia resulta especialmente relevante porque una herramienta capaz de entregar respuestas instantáneas puede eliminar justamente aquella etapa incómoda en la que el estudiante necesita organizar sus pensamientos, relacionar conceptos y construir una solución propia.

Reducir el esfuerzo necesario para realizar una actividad no significa necesariamente mejorar el aprendizaje. Si la tecnología resuelve permanentemente las dificultades cognitivas antes de que el estudiante tenga oportunidad de enfrentarlas, la eficiencia puede terminar obteniéndose a costa de competencias fundamentales.

Pensamiento crítico y razonamiento bajo presión

Booth recoge investigaciones que advierten que aceptar sin cuestionamiento las recomendaciones producidas por inteligencia artificial generativa puede perjudicar el pensamiento crítico, el razonamiento analítico y otras capacidades cognitivas esenciales.

También menciona un estudio del MIT que analizó la actividad cerebral de estudiantes mientras escribían ensayos y encontró diferencias entre quienes utilizaron ChatGPT y quienes realizaron el trabajo mediante otros procedimientos. Los investigadores observaron resultados inferiores entre los usuarios de la herramienta en distintos indicadores neurológicos, lingüísticos y conductuales.

La cuestión, por tanto, no consiste simplemente en determinar si un estudiante puede terminar una tarea utilizando inteligencia artificial. La pregunta educativa verdaderamente importante es qué capacidades desarrolla mientras la realiza.

Una respuesta correcta obtenida inmediatamente puede producir un resultado académico aparentemente satisfactorio y, sin embargo, esconder un proceso de aprendizaje mucho más limitado.

La IA como tutor y no como sustituto

La tecnología, sin embargo, no tiene necesariamente que producir ese efecto. Booth plantea una diferencia fundamental entre utilizar inteligencia artificial para sustituir el pensamiento y emplearla para estimularlo.

Una investigación neerlandesa citada en su análisis encontró que estudiantes con acceso ilimitado a inteligencia artificial generativa podían obtener mejores resultados en las tareas realizadas en casa, pero posteriormente mostraban un rendimiento inferior en los exámenes. Cuando los modelos de lenguaje eran configurados para actuar como tutores y acompañar el proceso de aprendizaje, los resultados sobre la comprensión podían mejorar.

Este contraste ofrece una orientación importante para las instituciones educativas. Una IA que entrega directamente la solución puede reducir el esfuerzo cognitivo; una IA diseñada para preguntar, orientar, explicar errores y conducir al estudiante hacia una respuesta propia puede fortalecer el aprendizaje.

Desde esta perspectiva, el objetivo no debería ser introducir inteligencia artificial simplemente porque está disponible, sino establecer qué función pedagógica cumple y qué capacidades humanas ayuda realmente a desarrollar.

El peligro de los algoritmos de caja negra

Otro punto especialmente sensible se encuentra en aquellos sistemas cuyo funcionamiento interno resulta difícil de comprender para docentes y estudiantes. Booth reclama cautela ante los llamados algoritmos de caja negra, capaces de asumir tareas humanas mientras producen errores factuales, interpretaciones equivocadas o razonamientos aparentemente convincentes pero incorrectos.

En educación, esta característica plantea un desafío adicional. El estudiante no solo necesita aprender a utilizar la inteligencia artificial, sino también a cuestionarla, contrastarla y detectar cuándo puede estar equivocada.

La alfabetización en IA, por tanto, no debería reducirse al aprendizaje de instrucciones o prompts. También requiere desarrollar criterios para verificar fuentes, reconocer limitaciones, identificar sesgos y comprender que una respuesta expresada con seguridad y fluidez no necesariamente es verdadera.

Prohibir la inteligencia artificial no parece una solución

Para Booth, intentar eliminar completamente estas herramientas de las aulas tampoco constituye una estrategia realista. La inteligencia artificial ya forma parte de numerosos ámbitos profesionales y continuará desarrollándose.

El desafío consiste en establecer límites pedagógicos y diseñar herramientas capaces de complementar las capacidades humanas sin reemplazarlas. La IA debería funcionar como apoyo, tutor o entrenador, no como una prótesis permanente que evite al estudiante pensar por sí mismo.

Esta responsabilidad tampoco corresponde únicamente al alumnado. Docentes, universidades, desarrolladores tecnológicos y responsables educativos necesitan decidir qué procesos pueden automatizarse y cuáles deben permanecer deliberadamente humanos, aunque requieran más tiempo y esfuerzo.

La educación no puede convertirse en una conversación entre máquinas

La advertencia final de Booth apunta directamente al sentido mismo de enseñar y aprender. La comodidad que ofrecen las herramientas automatizadas puede resultar extraordinariamente atractiva para estudiantes y profesores sometidos a presión, falta de tiempo y grandes cargas de trabajo. Sin embargo, automatizar cada etapa del proceso educativo puede terminar eliminando precisamente aquello que convierte una clase en una experiencia de aprendizaje.

“Debemos diseñar un futuro donde la IA amplifique el pensamiento humano auténtico”.

El debate, entonces, ya no debería limitarse a decidir si la inteligencia artificial estará presente en las aulas. Su presencia parece inevitable. La verdadera discusión consiste en determinar cuánto espacio seguirá existiendo para la curiosidad, el esfuerzo, la creatividad, el razonamiento, el error, la discusión y el pensamiento propio.

La tecnología puede acelerar tareas, organizar información y ofrecer nuevas posibilidades educativas. Pero cuando la máquina formula, responde, corrige y evalúa mientras el ser humano simplemente acepta el resultado, la educación corre el riesgo de conservar su estructura y perder su propósito.

La preocupación planteada por Craig Booth no es una defensa de una escuela sin tecnología. Es una advertencia sobre una educación sin participación intelectual auténtica. Si internet está comenzando a llenarse de máquinas que producen contenido para otras máquinas, el aula no puede seguir el mismo camino. El reto no es mantener a la inteligencia artificial fuera de la educación, sino mantener al ser humano en el centro de ella.

Redacción: Web del Maestro CMF | Fuente: Región en libertad

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