Catherine L’Ecuyer: cuanta más educación hay en las aulas (educación en valores, educación emocional, educación cívica), parece que menos haya en los alumnos

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Catherine L’Ecuyer es canadiense, afincada en Barcelona y madre de 4 hijos. Es máster por IESE Business School, máster Europeo Oficial de Investigación y Doctora en Educación y Psicología. Es investigadora y autora de varios libros y artículos sobre el tema de la educación, entre ellos Educar en la realidad (10ª edición), sobre el uso de las nuevas tecnologías en la infancia y en la adolescencia, y Educar en el asombro (30ª edición), publicado en ocho idiomas y en 60 países.
Su blog lleva más de un millón y medio de visitas, colabora actualmente con el grupo de investigación Mente-Cerebro de la Universidad de Navarra y es articulista para varios medios como El País, La Vanguardia, El Mundo o el Hufftington Post.

En este apasionante viaje de la divulgación hace una parada en la estación de ÉXITO EDUCATIVO para contestar nuestras preguntas, y, al tiempo, alumbrar al lector con sus reflexiones.

En una entrevista usted ha afirmado algo que da que pensar, sin duda: «La ignorancia se está convirtiendo en un valor social». Malo está el cuento ¿no?

Sí, por desgracia. Hablar con propiedad, reflexionar acerca de la importancia de la cultura, relacionar esfuerzo con placer, todo eso se ve cada vez más pedante o elitista. Cuanto más ignorante y vulgar en la forma de hablar, más aceptado está uno entre sus pares. Es el legado de Rousseau, sin duda. Este autor, que tanto ha influido en la educación, decía que odiaba los libros y animaba a los maestros a alejar a sus alumnos del esfuerzo y del proceso de abstracción mental.

De hecho, Voltaire escribió a Rousseau una carta personal dándole sus impresiones después de haber leído ‘Emilio’. Dice: “al leer su libro, me han entrado ganas de andar a cuatro patas, pero por suerte ya he perdido esa costumbre”. Rousseau y Voltaire representan el choque de tren entre el Romanticismo y la Ilustración.

En su libro cuenta que Claparède, un representante de la Educación Nueva, ya planteaba hace 100 años aligerar contenidos, eliminar asignaturas o prescindir de las evaluaciones para reducir «la fatiga causada por el esfuerzo de los alumnos».

Sí, Claparède veía con malos ojos al esfuerzo y llegó a soñar, en un tono distópico, en «una inyección antifatiga, capaz de impedir que los alumnos se distraigan y se cansen estudiando». El dilema que existía entre la Educación Nueva y la educación mecanicista en el inicio del siglo XX sigue vigente.

¿Por qué?

Por un lado, la Educación Nueva sigue asociando el placer y la alegría de aprender con la facilidad y la rebaja de las exigencias; por otro, la educación mecanicista sigue asociando el esfuerzo con la obediencia mecánica, el sufrimiento y la coacción. La educación clásica nos aleja de ese falso dilema, recordando que no hay contradicción entre esfuerzo y placer. Aristóteles definía el placer como ‘actividad natural sin trabas’. Cuando el trabajo perseverante del alumno se convierte en un hábito, tiene entonces una inclinación a trabajar con paciencia, tenacidad, disciplina interior y orden. Por eso, la disciplina no es contraria a la libertad, es su condición sine qua non.

También en su libro, dice que la actitud negativa hacía el esfuerzo que caracteriza la corriente romántica de la Educación Nueva, explica su entusiasmo por las pantallas. ¿Qué quiere decir por eso?

Si pensamos que es imposible que un alumno encuentre placer en la actividad intelectual y en el esfuerzo, entonces nos rendimos a los estímulos frecuentes e intermitentes de las tecnologías para sostener artificialmente su atención. Para que el niño esté “flipado” todo el día. Pero después de un estímulo de una determinada intensidad, luego deja de sorprenderse y es necesario subir aún más la intensidad y la novedad para que siga interesándose.

Esos estímulos generan descargas de dopamina en el cerebro del niño, que producen un placer efímero al que el niño se acostumbra. Crean un bucle vicioso que acaba matando la labor de los maestros que se dejan la piel a diario para captar la atención mermada de sus alumnos. En realidad, ni las máquinas, ni la química pueden resolver problemas que son del ámbito de la libertad humana. Solo un maestro tiene la sensibilidad suficiente para llevar a cabo ese trabajo con dignidad.

 Cuando usted ve por la televisión macrobotellones en los campus universitarios ¿qué le viene a la cabeza?

Llevo años advirtiendo de un fenómeno paradójico: cuanta más educación hay en las aulas (educación en valores, educación emocional, educación cívica), parece que menos haya en los alumnos. Ninguna generación ha recibido tanta educación social y cívica como la del botellón. En mi libro, explico que el fin de la educación no es cambiar al mundo, es transformar al que aprende. Si el aprendiz mejora, mejorará indudablemente el mundo, pero se hará por añadidura.

¿Cree usted que la escuela debe suministrar valores a los estudiantes o eso es cosa de la familia?

Hay una especie de dicotomía muy difundida entre instrucción y educación en valores. Según ella, la escuela instruye y la familia educa. Creo que es un error. En educación, no hay nada neutro, todo educa.

Pero en su libro insiste en que la principal función de la escuela no es social. ¿Por qué lo dice?

La escuela tiene una función social, pero esa no debería ser su principal función. La mentalidad de la militancia social en la educación remonta a Rousseau. Es la idea que el niño debe, en la escuela, ajustarse a un proyecto político-social externo a él. Ni creo que la principal función de la escuela sea social (preparar al ciudadano), ni creo que su principal función sea la de preparar al alumno para el mundo laboral.

La escuela, la universidad, no solo son agencias de preparación técnica y de colocación para el mundo laboral. No podemos reducir la educación a un adiestramiento en competencias técnicas. No podemos permitir que las leyes del mercado, las empresas y las exigencias del mercado laboral dicten lo que vale la pena ser aprendido y lo que no.

¿Entonces qué diría que es la principal función de la escuela?

Los colegios, las universidades, son templos del saber; en ellos nos formamos como personas, crecemos en virtudes, aprendemos de dónde venimos, comprendemos mejor el origen y las leyes del mundo en el que vivimos. Aprendemos a pensar por nosotros mismos, a apreciar la dimensión estética, la belleza… Aprendemos a ser. Todo lo demás se da por añadidura.

‘Educar en la realidad’ o ‘Educar en el asombro’ son trabajos editoriales suyos que no dejan de reeditarse. Eso presupone que, al menos, existe un interés por la educación…

En ‘Educar en el asombro’, pongo en cuestión el mecanicismo, esa idea de que el alumno es un ser pasivo, un cubo que se llena desde fuera. En ‘Educar en la realidad’, pongo en cuestión la idea de que el niño construye la realidad. Defiendo la visión clásica, para la que el alumno descubre la realidad.

En ‘Conversaciones con mi maestra’, explico de dónde vienen los métodos que se usan actualmente en las aulas (estimuación temprana, educación emocional, inteligencias múltiples, trabajo cooperativo o por proyecto, aprender haciendo, Flipped Classroom) y explico cuales son las tres corrientes pedagógicas que fundamentan esos métodos. No es suficiente entender el “qué” y el “cómo”, hay que aplicarse a entender el “por qué” y el “para qué” de la educación. El interés por la educación se nota porque los padres se interesan cada vez por esas preguntas. Pero lo que preocupa mucho es el interés exclusivamente comercial de algunas empresas por la educación.

¿Por ejemplo?

Las empresas tecnológicas dan títulos a los maestros que comparten sus planteamientos, patrocinan gran parte de los congresos educativos y compran publicidades en los medios para que estos sean afines a sus planteamientos. La escuela, como primer y último espacio de libertad, debe marcar las líneas rojas que no pueden ser rebasadas. Debe mantenerse firme y luchar para que la lógica económica de las plataformas tecnológicas y de sus algoritmos se queden fuera de sus aulas. No podemos permitir que las leyes del mercado, las empresas y las exigencias del mercado laboral dicten lo que vale la pena ser aprendido y lo que no. No podemos dejar que las mentes de nuestros alumnos estén programadas para servir a intereses comerciales.

¿Qué papel juegan las emociones en el aprendizaje de los niños?

Entiendo que se de importancia a la dimensión emocional, porque los niños aprenden mejor cuando tienen una actitud positiva frente a lo que aprenden, sobre todo en la etapa infantil en la que las experiencias sensoriales y las relaciones personales tiene más importancia y la capacidad de abstracción es incipiente.

Pero esa actitud positiva es consecuencia del placer que deriva del conocimiento personal y participante (cuando uno hace suyo lo aprendido y que tiene un sentido). Como decía Iolanta a su amante, en la ópera de Tchaikovsky, ¿cómo puede uno desear ardientemente lo que solo puede ver confusamente? No se puede apreciar y disfrutar con lo que se desconoce. Ahora bien, por desgracia la emoción se está convirtiendo en una palanca para condicionar comportamientos.

¿En qué sentido?

Condicionar al alumno mediante estímulos externos para provocar emociones de felicidad y de ilusión para que aprenda de forma más eficaz, utilizar la emoción como refuerzo para conseguir un comportamiento concreto, eso es conductismo. En realidad, son los fines que mueven las actuaciones de las personas, no las emociones. Sentir es importante, pero somos seres racionales, y no es lo mismo sentir que pensar. Las emociones son indicadores que nos proporcionan información sobre cuáles son nuestros fines y que nos indican si hay armonía entre ellas y la realidad de nuestro entorno. Nunca deberían ser palancas para condicionar comportamientos.

Usted se precia de conocer bien la figura de Montessori. En un artículo en El País en 2020 la citaba cuando decía que los menores tienen una capacidad de adaptación que ningún adulto posee. ¿Podemos estar tranquilos, pues, y, pese a todo, no serán la millennial ni la zentenial, ni las venideras generaciones perdidas?

El niño se adapta a todo, pero eso no es necesariamente bueno, si el entorno al que ha de adaptarse no es adecuado para él. Como adultos, hemos de diseñar el ambiente en el que se encuentran los niños, para que se ajuste a sus ritmos, a sus necesidades reales. Montessori habla del “ambiente preparado”.

En su libro, dice que la Nueva Educación que nos venden no lo es tanto. ¿Las teorías que surgieron a principios del siglo XX son válidas para el momento actual?

Efectivamente, en mi libro explico que la Educación Nueva del siglo XXI es un “remake” de la Educación Nueva del siglo XIX y XX inspirada en el Romanticismo pedagógico de Rousseau. Si bien es cierto que los contenidos pedagógicos han de estar al día de los nuevos descubrimientos y conocimientos, no me gusta plantear a las corrientes educativas en términos de “progreso”, entendido como apertura al cambio continuo. De hecho, es ese concepto de la modernidad que nutre el paradigma actual de la vorágine de la ‘innovación’ en la educación, un concepto esencialmente comercial, por cierto. Una corriente educativa remite a una corriente filosófica.

Y la filosofía remite a los fines de la educación y de la persona. El verdadero progreso no consiste en cambiar continuamente la visión de la educación y del niño, sino en cambiar la mentalidad del educador, de forma que encaje dentro de la visión de las constantes antropológicas del alumno. Si lo pensamos bien, el ser humano y sus fines tampoco cambian cada vez que surge un cambio de circunstancias culturales, tecnológicas o una nueva era filosófica. El educador puede decidir que quiere ver el mundo de una forma o de otra, pero esa visión del mundo nunca va a cambiar cómo es la persona que se educa.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Éxito Educativo en la siguiente dirección: exitoeducativo.net



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