Profesora recicla cartón, metal y plástico para sobrevvivir.

“Con el reciclaje pago la luz, el agua, el seguro y mi alimento diario. No es cantidad, pero eso me sirve para sobrevivir”.

En las calles céntricas de Jaramijó, provincia de Manabí, en Ecuador, se repite una escena que llama la atención: Leonarda Liduvine Guerrero Peñafiel, maestra de 66 años, recolecta cartones, plásticos y metales para vender en chatarrerías locales. Con lo obtenido —entre 10 y 15 dólares cada quincena— cubre servicios básicos, su alimentación y parte de su seguridad social. Lejos de avergonzarse, afirma con firmeza: “Con el reciclaje pago la luz, el agua, el seguro y mi alimento diario. No es cantidad, pero eso me sirve para sobrevivir”.

Liduvine es educadora por vocación. Fundó y dirigió la escuela particular Liduvic entre 1993 y 2018, donde cobraba apenas 1,50 dólares mensuales en los primeros años, y luego 5 dólares hasta el cierre del plantel. Pese a los limitados ingresos, sus alumnos recibían alimentación diaria gracias al apoyo de empresas privadas. En su trayectoria, no acumuló riquezas, pero sí dejó huellas profundas en la vida de cientos de niños y niñas.

Su historia personal está marcada por la resiliencia. Nacida en la parroquia Lascano de Paján, llegó a Jaramijó a los nueve años. Soñaba con ser abogada, pero las limitaciones económicas lo impidieron. Gracias al apoyo de padrinos, logró graduarse de bachiller en Manta y más tarde convertirse en maestra, oficio que ejerció con sacrificio y entrega. Además, posee conocimientos en costura, lo que complementa sus esfuerzos de subsistencia.

A lo largo de los años, sus exalumnos han demostrado gratitud. Algunos, hoy profesionales y servidores del país, se acercan para agradecerle lo que ella sembró en sus vidas. Un militar la sorprendió con un saludo de reconocimiento y otro exalumno, Andrés Bailón, le dedicó una tarjeta navideña en un acto público. “Cuando se siembra tanta semilla educativa, hoy tengo cosechas profesionales”, comenta con orgullo.

Aunque su escuela cerró, Liduvine no ha dejado de enseñar. En su propio hogar ofrece nivelaciones en lectura, escritura y matemáticas a niños que carecen de bases educativas sólidas. Su pasión por la enseñanza permanece intacta, aun cuando su realidad económica la obliga a combinar las clases con el reciclaje en las calles.

Reflexión

La historia de la profesora Liduvine refleja la paradoja que viven muchos docentes en América Latina: se entrega la vida a la educación, se forman generaciones, pero al final se sobrevive en condiciones de precariedad. Los maestros no solo deben soportar bajos salarios y falta de reconocimiento, sino también la indiferencia de las autoridades y la sociedad que se beneficia de su trabajo, pero pocas veces lo valora. Casos como este muestran la necesidad urgente de replantear el lugar del docente: no se puede hablar de calidad educativa mientras quienes sostienen el sistema deben reciclar cartón para sobrevivir. Reconocer, dignificar y proteger a los educadores no es un favor, es una deuda histórica que aún no se ha saldado.

Redacción | Web del Maestro CMF


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