La docencia vuelve a quedar en el centro del debate público tras el testimonio de una profesora que decidió alzar la voz frente a situaciones de acoso, amenazas y desvalorización profesional vividas en el ejercicio de su labor. Su mensaje, directo y sin rodeos, expone una realidad que muchos docentes reconocen, pero que pocas veces alcanza visibilidad pública.
“¿Cuántas cosas más debemos aguantar los profesores y profesoras? A veces no quiero seguir siendo profe, y no es por las niñas y los niños. Porque ser profesor no significa aguantarlo todo. Significa enseñar, pero también merecemos respeto.”
Con estas palabras, la docente interpela no solo a las familias, sino también al sistema educativo y a la sociedad en su conjunto.
El testimonio forma parte de un registro audiovisual ampliamente difundido, en el que la profesora relata episodios concretos de maltrato provenientes de algunos apoderados. Situaciones que van desde cuestionamientos constantes a su profesionalismo hasta hechos de abierta violencia verbal y física. En su relato aparecen descalificaciones personales, amenazas directas, humillaciones públicas y gestos de agresión que exceden cualquier conflicto escolar razonable.
Más allá de la crudeza de los hechos, el relato evidencia una problemática estructural. La relación entre escuela y familia, fundamental para el proceso educativo, se ve deteriorada cuando desaparecen el respeto y los límites. La exigencia permanente hacia el docente, sumada a la desconfianza y al descrédito de su rol, termina por erosionar no solo su bienestar emocional, sino también la calidad del proceso educativo.
La profesora también expone una contradicción dolorosa. El agotamiento y las dudas sobre continuar en la profesión no surgen por el vínculo con los estudiantes, sino por el trato recibido por adultos. Esta distinción resulta clave, pues desarma uno de los argumentos más habituales cuando se minimiza el desgaste docente.
Casos como este reabren una discusión urgente sobre la protección de los profesionales de la educación, el rol de las comunidades escolares y la responsabilidad de las autoridades. La normalización del maltrato hacia los docentes no solo vulnera derechos laborales y humanos, sino que envía un mensaje peligroso a las nuevas generaciones.
El mensaje final de la profesora no es una renuncia, sino una advertencia. Enseñar no puede seguir implicando soportar abusos. Sin respeto, no hay educación posible.
Redacción | Web del Maestro CMF






