Liliana González, psicopedagoga nacida en Córdoba, Argentina, con más de 30 años de experiencia en atención de consultas, escritura y disertaciones dirigidas a padres y docentes, ha puesto en palabras una preocupación creciente: la desconexión entre la escuela y el mundo digital que consumen los adolescentes.
Una brecha cada vez más visible
La relación entre los jóvenes y la lectura atraviesa un momento crítico. Los adolescentes, salvo contadas excepciones, no se sienten atraídos por los autores clásicos ni por la lectura profunda. Prefieren consumir contenidos rápidos y visuales como los que ofrece TikTok, donde encuentran humor, deporte, información instantánea y distracciones que los entretienen al instante.
Este contraste con el ritmo escolar es abismal. La escuela, con su formato tradicional, exige a los estudiantes permanecer sentados durante cuatro, seis o incluso ocho horas, escuchando la misma voz, siguiendo el mismo método, enfrentándose a una dinámica que, comparada con el vértigo digital, parece inmóvil y poco estimulante.
El reto para docentes y alumnos
La frase de González, “la escuela no es TikTok, la escuela no es Instagram, la escuela es escuela”, refleja un hecho ineludible: el aula no puede ni debe competir con la lógica de las redes sociales. Sin embargo, esto no significa que la escuela deba permanecer ajena al cambio cultural.
El desafío para los docentes es inmenso. Mantener la atención de estudiantes acostumbrados a la inmediatez y al estímulo constante requiere creatividad, innovación metodológica y, sobre todo, conciencia de la realidad que viven los jóvenes fuera de la escuela. No se trata de transformar la educación en entretenimiento, sino de construir puentes entre el conocimiento académico y los lenguajes que hoy dominan el ecosistema juvenil.
Una reflexión necesaria
La desconexión entre lectura y consumo digital nos obliga a repensar el sentido de la escuela. Si los adolescentes ya no encuentran atractivo leer a los clásicos, la pregunta no es solo cómo acercarlos a esos textos, sino también cómo hacer que descubran el valor de detenerse, reflexionar y profundizar en un mundo que les empuja hacia lo instantáneo.
El peligro no radica en TikTok o en las plataformas digitales en sí mismas, sino en que la escuela pierda relevancia al no reconocer la transformación cultural que estas han provocado. No se trata de competir, sino de ofrecer algo distinto: la experiencia de pensar más allá de los 30 segundos de un video.
En última instancia, el reto de la educación actual no es ser tan veloz como TikTok, sino enseñar a los jóvenes a darle sentido a un mundo que, cada vez más, corre sin detenerse.
Redacción | Web del Maestro CMF






