Suena el timbre y los pasillos del instituto público El Ravatxol, en Castellar, una pedanía de Valencia que linda con los campos de arroz de la Albufera, se van llenando de chavales que salen de clase. Algunos llevan mochilas, libros, bocadillos envueltos en papel de plata, pero no se ve ni un móvil. “Antes era tremendo, hemos tenido que bregar mucho, pero la prohibición de no sacar el teléfono en el centro se cumple de forma general. Lo tienen asumido, aunque aún confisquemos alguno”, afirma la directora, Belén Marzá. En pleno debate sobre la implantación de otra restricción en el uso de los dispositivos por parte de los adolescentes, los 16 años como edad mínima para estar en redes, el ejemplo de los institutos muestra que las prohibiciones pueden funcionar, al menos en una institución acostumbrada a hacer cumplir reglas como es la escuela.
Un estudio coordinado por la Universidad de Santiago, basado en 4.590 encuestas y publicado en noviembre, refleja que tres de cada cuatro profesores españoles consideran alto o muy alto el grado de cumplimiento de la prohibición de los móviles en su centro educativo. Un 13% lo califica de moderado y solo un 11% de bajo o muy bajo. “Está funcionando mejor de lo que pensábamos. Me recuerda a las mascarillas en la pandemia, que decíamos: ‘Madre mía, ¿cómo les vamos a obligar a esto?’. Y no costó nada, lo hacían con naturalidad, incluso mejor que los adultos”, dice Iván Heredia, orientador en el instituto público de Llanes, en Asturias. Los conflictos derivados del uso de los teléfonos ―fotos y grabaciones a compañeros o profesores sin permiso, a veces subidas a redes sociales, broncas que tenían su origen en conflictos por WhatsApp― llegaban con bastante frecuencia a su despacho, añade Heredia, y ahora sucede solo de forma “ocasional”.
Muchos institutos y alguna autonomía ya tenían reglas que limitaban el uso de los móviles. Pero la media docena de profesores consultados afirma que las regulaciones generales implantadas por las autonomías han sido claves para reforzar su cumplimiento.
De un lado, afirma Rosa Rocha, presidenta de la asociación de directores de institutos de Madrid, los dispositivos dificultaban las clases. “Era un distractor muy potente. Todo el rato lo sacaban para consultar la hora o hacer cualquier tontería, y nosotros perdíamos mucho tiempo y energía en vigilarlos”. Del otro, continúa, produjeron una pérdida de socialización. “En el patio, muchos chicos se ponían a jugar con el móvil, a veces entre sí, pero sin mirarse a las caras. Y ahora se dedican a lo que tienen que hacer: hablar entre ellos y entretenerse con otras cosas”.
Solo un 23% permite su uso con fines educativos cuando un docente así lo decide
Es difícil imaginar un colectivo con peor opinión sobre los efectos de los móviles en los chavales que el profesorado, que se pasa el día con ellos. Según el informe coordinado por la Universidad de Santiago, más del 95% considera que afecta de forma negativa o muy negativa a la higiene del sueño, la salud mental y la percepción de la realidad. Y el 89% cree que empeora el rendimiento académico. Tres de cada cuatro centros educativos prohíben usar el móvil en cualquier espacio o momento de la jornada escolar, y solo un 23% permite su uso con fines educativos, señala el mismo estudio. El porcentaje de los que lo autorizan para otros usos no alcanza el 1%.
“En primero se cogen ya muy pocos móviles, si hay algún problema es en 4º de la ESO o en Bachillerato». María José Martínez, directora del instituto público Marítim de Valencia
Sorprender a un estudiante con el móvil supone en la mayoría de los centros su confiscación durante 24 horas o hasta que un progenitor vaya a recogerlo, aunque algunos profesores admiten aplicar la norma de forma un poco más indulgente. También que hay espacios de sombra, como los baños, adonde no los pueden seguir. Otros, sin embargo, son más severos. “En nuestro caso, conlleva un día de expulsión, como si les pilláramos fumando”, afirma Pilar García, directora del instituto público Parque Goya, situado en un barrio de clase media del norte de Zaragoza.
El efecto red funciona en dos direcciones
Al sociólogo de la educación Mariano Fernández Enguita el éxito de la prohibición le parece lo esperable dadas las características de la escuela. “Y porque en los adolescentes el efecto red funciona en ambos sentidos. Por un lado, no quieren perderse nada y, por tanto, quieren tener móvil y estar conectados. Pero, por otro, si la prohibición es general y nadie puede usarlo hasta las dos o las tres de la tarde, les parece bien”, afirma el catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid.
El cumplimiento es especialmente alto entre el alumnado de los cursos más bajos, que se incorpora desde Primaria, donde la presencia del móvil siempre fue anecdótica, a institutos donde la norma ya está asentada. “En Primero se cogen muy pocos móviles. Si hay algún problema, es en 4º de la ESO o en Bachillerato”, comenta María José Martínez, directora del instituto público Marítim de Valencia.
Uno de los motivos que favoreció la generalización del uso de los móviles en secundaria fue que los centros no tenían infraestructura propia de acceso a internet, coinciden varios entrevistados. “Nosotros nos sumamos al uso educativo de los móviles con muchas ganas, porque le veíamos mucho potencial y no teníamos otras herramientas digitales. Pero después vimos que disputaban la atención de los estudiantes”, dice Almudena Romero, jefa de estudios del instituto público Jacarandá, en Brenes, Sevilla, que lleva dando clase 36 años. “Ahora, en cambio, todos los centros tenemos dispositivos mejores: pizarras interactivas, ordenadores, tabletas, y los teléfonos ya no hacen falta”.
Redacción | El País