Un video publicado en TikTok por una profesora estadounidense a punto de jubilarse superó el millón de visualizaciones en pocos días. No fue un baile ni una consigna viral: fue un testimonio crudo, incómodo y profundamente revelador sobre el estado actual de la docencia. Brenda C., maestra de secundaria de 60 años y con 24 años de experiencia en California, decidió explicar públicamente por qué ya no podía seguir ejerciendo. Su mensaje resonó porque puso palabras a una sensación compartida por miles de docentes en distintos países: la enseñanza se ha vuelto, para muchos, prácticamente insostenible.
Desde el inicio del video, Brenda es clara y directa. Afirma que ha visto cambiar la educación durante más de dos décadas y que, lejos de mejorar, la situación se ha deteriorado. En su análisis, uno de los factores centrales no es académico ni económico, sino social y familiar. “Mucho de esto tiene que ver con la crianza, o con la falta de ella”, sostiene. Su frase más citada sintetiza su hartazgo: ya no puede lidiar con “el nuevo tipo de padre y el nuevo tipo de hijo que es producto de ese padre”.
Aulas sin materiales, clases interrumpidas y aprendizaje fragmentado
Uno de los primeros problemas que menciona es algo aparentemente básico, pero con consecuencias profundas: estudiantes que llegan a clase sin los materiales mínimos para aprender. Sin cuadernos, lápices, libros o bolígrafos, el tiempo de enseñanza se diluye. El docente deja de enseñar para resolver carencias elementales, reorganizar la clase o improvisar soluciones. A esto se suman interrupciones constantes que, según Brenda, hacen que enseñar sea “prácticamente imposible”.
En ese contexto, la profesora compara su trabajo con el de una niñera que apaga incendios de manera permanente. La metáfora no es casual: expresa la sensación de haber sido desplazada de su rol principal, el de enseñar, para convertirse en gestora de conflictos, mediadora emocional y contenedora de situaciones que exceden lo pedagógico.
Padres ausentes, límites difusos y alumnos “intocables”
El núcleo más sensible de su crítica apunta a la relación con algunas familias. Brenda observa que muchos estudiantes no parecen interesados en la escuela porque, sencillamente, perciben que a sus padres tampoco les importa. Recuerda que, años atrás, existía una colaboración más clara entre familias y docentes, y una mayor corresponsabilidad en el aprendizaje y el comportamiento de los hijos.
Hoy, afirma, se ha instalado en algunos hogares una lógica “centrada en el niño”, donde los adultos evitan poner límites y los hijos terminan ocupando un lugar de autoridad. Esa dinámica se traslada al aula en forma de actitudes desafiantes y de una sensación de impunidad. El estudiante se siente “intocable”, mientras el docente queda expuesto, cuestionado y muchas veces desautorizado.
La falta de respeto hacia la profesión es otro punto crítico. Brenda señala que algunos padres no solo se desentienden de la educación escolar, sino también de la formación básica para la vida: autorregulación emocional, normas de convivencia, respeto por los límites físicos, habilidades sociales elementales e incluso conocimientos tan simples como saber deletrear el propio apellido o recordar la dirección de su casa.
Tecnología, redes sociales y el docente convertido en árbitro
Para la profesora, hay un elemento que atraviesa y amplifica todos estos problemas: la tecnología. Sostiene que muchos padres han “externalizado” la crianza hacia las pantallas y las redes sociales, priorizando ser amigos de sus hijos o parecer “padres geniales”. En una sociedad excesivamente centrada en los sentimientos, afirma, se evita frustrar al niño y se lo cría como si fuera frágil, sin herramientas para afrontar límites o dificultades.
El resultado, según Brenda, es una generación con serias carencias en habilidades sociales y control emocional. El drama de las redes sociales ingresa al aula y el profesor deja de ser docente para convertirse en árbitro de conflictos digitales. Paradójicamente, cuando la situación se desborda, algunos padres responsabilizan al maestro por no gestionar adecuadamente algo que no le corresponde. “El profesor está contratado para enseñar”, remarca. Los límites con la tecnología deberían establecerse en casa.
Una decisión personal que refleja un problema colectivo
Brenda había planeado enseñar al menos diez años más. No pudo. La acumulación de interrupciones, tensiones y desgaste emocional la llevó a adelantar su jubilación. Su frase final, “estoy harta”, no es solo una expresión de cansancio individual, sino el síntoma de una profesión en declive. Como ella misma dice, no se va una docente cualquiera: se va otra profesora con experiencia.
Las reacciones al video lo confirman. Miles de docentes comentaron sentirse identificados, algunos con más de 30 años de carrera, otros con apenas seis, pero ya buscando una salida. También hubo padres que apoyaron su postura y otros que reconocieron la complejidad del problema, señalando las dificultades laborales y la falta de tiempo como parte del escenario.
Cuidar la salud mental también es una decisión profesional
El consejo final de Brenda a sus colegas es tan honesto como duro: no tomarse todo de forma personal. “No se trata de ti, se trata de la sociedad”, afirma. Sin embargo, pone un límite claro: cuando la salud mental comienza a verse afectada, quizá sea momento de replantear el camino.
Su testimonio no ofrece soluciones mágicas, pero sí cumple una función esencial: visibilizar una verdad que muchos docentes viven en silencio. La pregunta que queda abierta no es solo por qué se van los maestros, sino qué estamos dispuestos a cambiar como sociedad para que enseñar no sea, otra vez, una vocación que se paga con la salud.
Redacción | Web del Maestro CMF






