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Alumna graba un video y hace una amenaza abierta: “Ojo, mis viejos ya me dieron permiso para hacer un tiroteo.”

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Alumna graba un video y hace una amenaza abierta: “Ojo, mis viejos ya me dieron permiso para hacer un tiroteo.”

Yo estoy perdiendo la cabeza, no sé cómo es que estoy pudiendo hablar ahora bien que ni siquiera estoy hablando bien, ¿me entiendes? Pero porque hablo rápido. Pero mis viejos ya me permitían hacer un tiroteo.

Un hecho reciente ha generado profunda preocupación en la comunidad educativa: una adolescente difundió un video en el que amenaza con perpetrar un tiroteo escolar, incluyendo referencias explícitas a víctimas y a una supuesta autorización familiar. La gravedad del contenido no radica solo en las palabras, sino en el nivel de detalle, la intencionalidad y el estado emocional que expresa la estudiante. Este tipo de situaciones no puede ser minimizado ni interpretado como una simple provocación adolescente.

Cuando un estudiante verbaliza violencia de esta magnitud, el foco debe desplazarse inmediatamente hacia la prevención, la contención y la intervención oportuna. No se trata únicamente de sancionar, sino de comprender qué factores personales, familiares y escolares están confluyendo para que un menor llegue a ese punto.

Señales de alerta que el sistema educativo no puede ignorar

El discurso de la estudiante evidencia elementos críticos: descontrol emocional, necesidad de reconocimiento, posible sensación de aislamiento y una construcción narrativa violenta como forma de validación. Estos indicadores no aparecen de un día para otro. Suelen ser el resultado de procesos acumulativos donde la escuela, la familia y el entorno social juegan un papel determinante.

El error más frecuente en estos casos es actuar tarde o reaccionar solo cuando la amenaza ya es pública. La escuela necesita desarrollar una cultura preventiva basada en la observación constante, el acompañamiento emocional y la detección temprana de cambios conductuales. Comentarios agresivos reiterados, aislamiento, fascinación por la violencia o discursos extremos deben ser considerados señales de intervención inmediata.

El rol del docente: entre la contención y la responsabilidad profesional

Ante escenarios de este tipo, el docente no puede ni debe asumir el rol de investigador ni de juez, pero sí tiene una responsabilidad clave: informar, activar protocolos y sostener un vínculo pedagógico que permita canalizar la situación sin agravarla.

La reacción impulsiva o el enfrentamiento directo pueden escalar el conflicto, mientras que una intervención estratégica, acompañada por equipos directivos y profesionales, puede marcar la diferencia. El docente necesita respaldo institucional, formación en gestión emocional y protocolos claros para actuar sin improvisación.

La institución educativa como sistema de protección

Una escuela que no cuenta con protocolos claros frente a amenazas pierde capacidad de respuesta y aumenta el riesgo. Es fundamental que las instituciones establezcan procedimientos definidos que incluyan comunicación interna, coordinación con familias y articulación con autoridades competentes.

La intervención no debe centrarse únicamente en el estudiante que emite la amenaza, sino también en el clima escolar. El miedo, la ansiedad y la desinformación afectan a toda la comunidad educativa. Gestionar la comunicación de manera responsable es clave para evitar el pánico y promover una respuesta organizada.

Más allá del castigo: comprender para prevenir

Si bien estos hechos pueden derivar en consecuencias legales, reducir el problema a una sanción es insuficiente desde el punto de vista educativo. La pregunta central no es solo qué hizo la estudiante, sino por qué llegó a expresar ese nivel de violencia.

La escuela del siglo XXI debe integrar la educación emocional como un eje prioritario, no como un complemento. Trabajar habilidades como la autorregulación, la empatía y la resolución de conflictos no es opcional. Es una condición necesaria para prevenir escenarios extremos.

Una llamada de atención para todo el sistema educativo

Este caso expone una realidad incómoda: la violencia simbólica y verbal en contextos escolares puede escalar rápidamente si no se interviene a tiempo. No basta con reaccionar ante lo evidente. Es necesario construir entornos educativos donde los estudiantes sean escuchados, acompañados y orientados antes de que el conflicto se convierta en amenaza.

Ignorar estas señales es asumir un riesgo innecesario. Actuar con criterio, rapidez y enfoque educativo es la única respuesta responsable.

Redacción | Web del Maestro CMF

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