La entrevista publicada en Cuadernos de Pedagogía se inscribe en el monográfico “Claves del cambio educativo: Guía de prácticas referentes”, y tiene como protagonista a José Moya Otero, Doctor en Ciencias de la Educación y una de las voces más sólidas del pensamiento pedagógico contemporáneo en el ámbito hispanohablante. La conversación, conducida por Carmen Pellicer, directora de la revista, permite recorrer no solo su trayectoria académica y política, sino, sobre todo, una concepción profunda y exigente de lo que significa educar hoy.
Un maestro que nunca dejó de ser maestro
Moya se define, ante todo, como maestro. Un maestro inquieto, incómodo con respuestas simples, que decidió profundizar académicamente no por ambición curricular, sino por necesidad profesional. Su recorrido universitario y su posterior desempeño como profesor titular de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria nacen de una pregunta central que atraviesa toda su obra: qué significa educar en un momento histórico concreto.
Desde esa perspectiva, introduce una idea clave: la educación vive en una tensión permanente entre la educabilidad de los sujetos y la educatividad de los contextos. No se trata de adaptar al alumno a un sistema rígido, sino de modificar las condiciones educativas para ampliar las posibilidades de aprendizaje, una noción profundamente ligada a la inclusión.
Educación, política y compromiso social
Lejos de entender la política como un desvío de la tarea educativa, Moya la concibe como una extensión natural de su compromiso con las condiciones de vida de las personas. Inspirado en John Dewey, reconoce que su paso por distintas responsabilidades públicas —incluyendo su rol como director general de Formación Profesional y Personas Adultas en Canarias y su participación en el Ministerio de Sanidad durante la pandemia— le permitió comprobar que, en contextos críticos, el interés público puede situarse por encima de la confrontación ideológica.
Sin embargo, advierte que ese clima de consenso es hoy especialmente difícil en educación, un campo atravesado por lo que denomina la batalla cultural. La polarización social, la desconfianza de las familias y el aumento de la conflictividad escolar han tensionado los claustros y los consejos escolares como no ocurría desde hace décadas.
Recuperar la confianza: escuela y familias
Uno de los diagnósticos más contundentes de Moya es la pérdida progresiva de confianza de las familias hacia la escuela. Durante años, señala, la sociedad confió en la profesionalidad docente; hoy esa confianza se ha erosionado. Recuperarla no es una tarea discursiva, sino relacional: cercanía, presencia, experiencias compartidas.
Cuando las familias conocen a los docentes, participan en la vida escolar y perciben profesionalidad y compromiso, la confianza se reconstruye. No como consigna, sino como vivencia cotidiana.
El giro competencial y el proyecto COMBAS
La experiencia del Proyecto COMBAS, coordinado junto al Ministerio de Educación, representa para Moya uno de los procesos más valiosos de cooperación institucional en España. No se trató de imponer soluciones, sino de crear marcos compartidos para pensar las competencias como aprendizajes para la vida.
Aquí emerge una de sus afirmaciones más citadas:
El tipo de aprendizaje que buscamos condiciona el tipo de actividad que proponemos.
No todas las prácticas sirven para cualquier aprendizaje. Enseñar competencias exige transformar metodologías, objetivos y formas de evaluar. Pretender alcanzar nuevos fines con viejas prácticas es, sencillamente, una contradicción pedagógica.
La idea central: el sentido último de la profesión docente
El núcleo de la entrevista —y quizá una de las ideas más potentes del pensamiento educativo actual— se resume en una afirmación clara y exigente:
El sentido último de la profesión docente no es transmitir conocimiento, sino facilitar experiencias para el desarrollo de capacidades.
En una época donde el acceso a la información es casi ilimitado, Moya recuerda que solo la escuela tiene la competencia institucional y ética para transformar conocimiento en capacidad. Esa es su función insustituible. No competir con internet, sino ofrecer experiencias educativas que conviertan saberes en herramientas para la vida.
Tecnología, autonomía y responsabilidad pedagógica
Desde esta mirada, la tecnología no es buena ni mala en sí misma. Su valor educativo depende de si amplía o restringe la educabilidad de los sujetos. Cualquier tecnología que excluya, que simplifique el pensamiento o que sustituya procesos formativos profundos, pierde su sentido pedagógico.
Del mismo modo, critica tanto la prohibición absoluta como la aceptación acrítica de los dispositivos digitales. La pregunta relevante no es si usar tecnología, sino qué valor educativo tiene cada propuesta concreta.
Centros educativos, inspección y profesionalización docente
Moya identifica una debilidad estructural del sistema: la escasa capacidad real de los centros para ejercer su autonomía. Sin centros fuertes, no hay reformas que se conviertan en mejoras ni innovaciones que escalen al sistema.
En este contexto, redefine también el rol de la inspección educativa, que debería pasar del control normativo a una función clave: garantizar el derecho a aprender, identificando y difundiendo las mejores condiciones pedagógicas.
Finalmente, subraya que la profesionalización docente exige tres condiciones: una concepción ampliada de la profesión, centros que funcionen como espacios de desarrollo profesional y una comprensión profunda del sentido cultural, ideológico y social de los contenidos escolares.
Un cierre con vocación humanista
La entrevista concluye con un mensaje que resume toda su trayectoria:
No perder nunca la ilusión por educar.
Para José Moya Otero, educar sigue siendo una de las tareas más relevantes para el desarrollo de la humanidad. Y aunque la realidad educativa sea compleja, tensa y, a veces, desalentadora, renunciar a esa ilusión sería renunciar al sentido profundo de la profesión docente.
Redacción | Web del Maestro CMF






