Estudio revela preocupante nivel de agotamiento, tanto físico como mental, de los docentes al terminar el año académico

Un estudio en Chile advierte que muchos docentes terminan el año escolar con severo agotamiento físico y mental por exigencias laborales constantes.

Mientras para niños y niñas el cierre del año escolar es sinónimo de descanso y celebración, para miles de docentes el final de clases llega acompañado de un profundo agotamiento físico y emocional. De su cansancio se habla poco. Menos aún del peso acumulado tras meses de exigencias pedagógicas, presión administrativa, relaciones tensas con apoderados y una responsabilidad emocional constante frente a sus estudiantes. Un estudio realizado en Chile ya advertía, en 2018, una realidad preocupante: el desgaste docente no es una percepción aislada, sino un fenómeno medible y persistente.

El trabajo que no termina con el timbre final

Aunque el calendario escolar marque el inicio de las vacaciones, el trabajo docente no concluye con la última clase. Actas, informes, planificaciones, reuniones de cierre, entrevistas con apoderados y capacitaciones obligatorias extienden la jornada mucho más allá del aula. Si bien los profesores cuentan con más semanas de descanso que otros trabajadores, este tiempo no siempre alcanza para revertir un desgaste que se ha construido durante todo el año.

Una profesora de educación básica, con 15 años de experiencia, lo resume con crudeza. Prefiere no revelar su identidad. Reconoce que la presión es constante: cumplir con programas que rara vez se desarrollan tal como fueron planificados, corregir evaluaciones, preparar material didáctico y enfrentar, no pocas veces, relaciones difíciles con las familias. Todo ello en un contexto donde el margen de error es mínimo y la exigencia es permanente.

Cuando el cuerpo dice basta

En los días previos al SIMCE, esta docente vivió un episodio que marcó un antes y un después. Durante una clase comenzó a ver borroso, sintió debilidad en las piernas y una inminente sensación de desvanecimiento. No era mareo ni falta de aire. Sus alumnos no lo notaron. Tras exámenes médicos que descartaron causas físicas, el diagnóstico fue claro: síndrome de Burnout. La licencia médica vino acompañada de una crisis de ansiedad. Desde entonces, confiesa, cuenta los días para que lleguen las vacaciones, no como un premio, sino como una necesidad vital.

Evidencia científica del agotamiento docente

La experiencia individual encuentra respaldo en la investigación “Mediciones de Estrés Laboral en Docentes de un Colegio Público Regional Chileno”, desarrollada por Sergio Zúñiga-Jara y Víctor Pizarro-León, académicos de la Universidad Católica del Norte. El estudio analizó a docentes y directivos de un liceo técnico-profesional de la ciudad de Coquimbo y mostró que, aunque el nivel global de Burnout se ubicaba en rangos medios o bajos, uno de sus componentes resultó alarmante: el agotamiento emocional.

Un 55,1 % de los encuestados presentó altos niveles de agotamiento emocional, medido a partir de indicadores como sentirse exhausto por las demandas laborales, experimentar tensión constante al trabajar con estudiantes, frustración en el trabajo y estrés elevado por el contacto diario con el alumnado. Aunque la despersonalización y la baja realización personal aparecieron en niveles menores, su sola presencia confirma que el desgaste docente es un fenómeno real y multifactorial.

Más que cansancio: un proceso que invade la vida

El estrés laboral docente no se limita al ámbito profesional. Es una respuesta emocional, fisiológica y conductual que se desarrolla cuando las demandas superan de forma sostenida los recursos personales. El Burnout no aparece de un día para otro: comienza con sobreesfuerzo, continúa con fatiga y ansiedad, y puede llegar a un punto en que la persona ya no logra identificar qué le ocurre ni cómo expresarlo.

El cuerpo, sin embargo, sí responde. Dolores de cabeza, trastornos del sueño, problemas gastrointestinales, pérdida de peso, contracturas musculares, asma, hipertensión arterial y, en el caso de muchas mujeres, alteraciones del ciclo menstrual, forman parte del cuadro descrito por los especialistas. A nivel pedagógico, las consecuencias son igualmente graves: pérdida de motivación, sentimientos de inadecuación y fracaso, deterioro de las relaciones interpersonales y disminución de la calidad del proceso educativo.

Una profesión de alta demanda emocional

Tal como señala Julia Marfán, directora de la carrera de Pedagogía en Educación General Básica de la Universidad Diego Portales, la docencia implica mucho más que enseñar contenidos. Acompañar, contener, mediar conflictos y responder a las dimensiones afectivas y conductuales de estudiantes y familias forma parte cotidiana del rol, especialmente en la educación básica, donde las expectativas sociales sobre el profesor son particularmente altas.

Los docentes del sistema público enfrentan condiciones aún más complejas: cursos numerosos, indisciplina, falta de interés por aprender y escasez de recursos materiales. A ello se suma que muchos trabajan en más de un establecimiento para complementar ingresos, lo que incrementa el cansancio y reduce las posibilidades reales de recuperación.

¿Basta con las vacaciones?

Pensar que el agotamiento docente se resuelve únicamente con el descanso estival es una simplificación peligrosa. El desgaste es tanto físico como mental y está estrechamente ligado al esfuerzo continuo que exige la profesión, incluyendo tareas invisibles como la planificación, la evaluación y la gestión administrativa. Cuando la gestión directiva se orienta casi exclusivamente a los resultados y la eficiencia, el trabajo docente corre el riesgo de reducirse a cifras y puntajes, dejando de lado las necesidades profesionales y humanas de quienes sostienen el sistema educativo.

El rol del Estado y los desafíos pendientes

Desde el Ministerio de Educación de Chile, se han impulsado iniciativas como el plan “Todos al Aula”, orientado a disminuir la carga administrativa y aumentar el tiempo efectivo de trabajo pedagógico. Entre las medidas destacan mesas de diálogo a nivel nacional, propuestas para simplificar instrumentos de gestión y el incremento progresivo de las horas no lectivas, que desde 2019 alcanzan el 35 % del contrato docente, llegando al 40 % en contextos de alta vulnerabilidad.

Asimismo, el Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas trabaja en orientaciones para que estas horas se destinen efectivamente al desarrollo profesional. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue vigente: ¿son suficientes estas acciones para enfrentar un problema estructural?

Mirar el desgaste para cuidar la educación

El Burnout docente no es una invención ni una excusa. La evidencia científica es clara y sus consecuencias impactan directamente en los aprendizajes, en la gestión escolar y en el prestigio de las instituciones. Como advierte Zúñiga-Jara, sin diagnóstico no es posible diseñar medidas de apoyo eficaces. Monitorear de forma regular el estrés docente, especialmente en establecimientos públicos y contextos vulnerables, no es un lujo: es una condición mínima para sostener una educación de calidad.

Mientras los estudiantes disfrutan merecidamente de sus vacaciones, el sistema educativo enfrenta una pregunta incómoda pero urgente: ¿quién cuida a quienes cuidan y enseñan todos los días? Sin una respuesta seria y sostenida, el agotamiento seguirá acumulándose en silencio, con un costo humano y pedagógico que Chile no puede seguir ignorando.

Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: La Tercera


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