Begoña Ibarrola: Debemos distinguir entre un alumno verdaderamente vago y uno que está desmotivado porque anticipa el fracaso

La desmotivación nace del miedo, la memoria emocional negativa y la sensación de incapacidad. No es pereza: es bloqueo emocional profundo.

Begoña Ibarrola es psicóloga, escritora y una de las referentes más influyentes en educación emocional en el mundo hispanohablante. Su trayectoria combina investigación, divulgación y acompañamiento docente, integrando neurociencia, psicología del aprendizaje y prácticas pedagógicas. En una de sus conferencias sobre las emociones en el aprendizaje, desarrolla una idea esencial para los docentes de todas las etapas educativas: no es lo mismo un alumno “vago” que un alumno “desmotivado”, y muchas veces catalogamos como vagancia lo que en realidad es miedo, bloqueo emocional o anticipación del fracaso. A partir de esa afirmación, sostiene una profunda reflexión sobre la neurociencia, la memoria emocional, las emociones básicas y su impacto directo en la capacidad de aprender.

A partir de este punto central, el presente artículo desarrolla ampliamente las ideas que Begoña Ibarrola comparte sobre el papel de las emociones en el aprendizaje, la importancia de comprender el mundo emocional del alumno y el rol del docente como guía emocional y cognitivo en el aula.

Las emociones como punto de partida del aprendizaje

Uno de los pilares de la intervención de Begoña Ibarrola es que primero sentimos y luego pensamos. Esta afirmación, respaldada por décadas de investigación neurocientífica, rompe con la creencia tradicional de que la razón debe dominar al sentimiento. Desde antes de nacer, el sistema límbico —la estructura cerebral que procesa las emociones— está ya en funcionamiento. Esto significa que el ser humano es, ante todo, un ser emocional, y que ese componente influye de manera directa en su salud, su conducta, sus relaciones y su aprendizaje.

La educación ha tardado en incorporar estos hallazgos. Durante generaciones se relegó la emoción a un plano secundario, apostando por una enseñanza centrada en la lógica, la memorización y la repetición. Sin embargo, la neurociencia actual ha demostrado que el aprendizaje está biológicamente conectado al estado emocional. No es posible aprender bien desde el miedo, la ansiedad o la vergüenza; tampoco es posible sostener el interés sin curiosidad, alegría, calma o confianza.

Las emociones en el aprendizaje

Para quienes deseen profundizar aún más en este tema y explorar con mayor detalle cómo influyen las emociones en el aprendizaje, les invitamos a ver el video completo. Allí encontrarán ejemplos, explicaciones y reflexiones que complementan de forma extraordinaria la comprensión de este apasionante campo educativo.

Sentir no es lo mismo que expresar: el desafío docente

Begoña enfatiza un punto clave: los profesores no siempre pueden ver lo que el alumno siente. Un estudiante puede estar profundamente aburrido, frustrado o desmotivado, y sin embargo mostrar una expresión neutra, o incluso esforzarse por aparentar interés.

Esto complica la lectura del clima emocional del aula. Más aún cuando —como en tiempos de pandemia— las mascarillas ocultaron una parte fundamental del rostro, eliminando información esencial para interpretar emociones. Los docentes deben entonces desarrollar nuevas estrategias para conectar emocionalmente con sus estudiantes, promoviendo canales de expresión seguros y entendiendo que la emoción puede ser contenida, reprimida o disfrazada.

Emociones básicas y emociones sociales: todas son necesarias

De acuerdo con Paul Ekman, y siguiendo la explicación de Ibarrola, las seis emociones básicas —alegría, tristeza, miedo, enfado, sorpresa y asco— están presentes desde antes del nacimiento. A ellas se suman emociones secundarias, moldeadas por la cultura: culpa, vergüenza, celos, envidia, orgullo.

Para la educación, la cuestión no es clasificar las emociones como “buenas” o “malas”, sino entenderlas como señales, como información valiosa sobre el estado interno del alumno. Todas cumplen una función adaptativa, incluso cuando generan malestar. El docente no interviene para eliminar emociones, sino para ayudar a gestionarlas, transformarlas y orientarlas hacia experiencias de aprendizaje más positivas.

La memoria emocional: la llave para entender el “fracaso anticipado”

Este es uno de los aportes más importantes del pensamiento de Begoña Ibarrola. Cada estudiante posee una memoria emocional asociada a cada asignatura, construida a lo largo de los años. Si un niño ha tenido experiencias negativas repetidas con matemáticas, lengua o ciencias, no importa qué tan bien preparado llegue el docente: el cerebro del alumno ya anticipa el fracaso.

Esa anticipación activa mecanismos de huida, evitación y desconexión. Es allí donde surge la confusión peligrosa: el profesor interpreta la conducta como vagancia, pero la ciencia indica que es autoprotección emocional, no pereza.

Begoña lo ilustra con una metáfora potente:
si me invitan mañana a escalar los Himalayas, no lo intento; sé que no puedo.
Pero si me invitan a subir la colina cercana de mi barrio, sí me atrevo.

El alumno hace exactamente lo mismo:
si percibe que la meta es inalcanzable, ni se mueve.

Por eso su frase central es tan importante para nuestra labor docente:
“No es vagancia: es falta de motivación provocada por una memoria emocional marcada por la anticipación del fracaso.”

El docente como “rompedor” de memorias emocionales negativas

¿Cómo se interviene este fenómeno?

Con experiencias de éxito pequeñas, diarias, diseñadas para ser alcanzables. El objetivo es activar el sistema cerebral de recompensa y generar la sensación interna de:
“Puedo. Sé. Me sale. No era tan imposible.”

Ese pequeño logro —aparentemente insignificante— es suficiente para empezar a romper la cinta emocional en la que el alumno tiene grabado el fracaso. Igual que una antigua casete que se sobregrababa tapando la canción anterior, las nuevas experiencias positivas van reemplazando lentamente la memoria negativa.

Un buen docente, entonces:

  • Ajusta la dificultad a la capacidad del alumno.
  • Diseña retos alcanzables.
  • Reconoce el esfuerzo más que la perfección.
  • Celebra las victorias pequeñas.
  • Transmite confianza antes que exigencia rígida.

Es un proceso lento, pero es el único que transforma la autoimagen del estudiante.

Vagancia o desmotivación: la diferencia empieza en el miedo

Según Ibarrola, hay emociones que dificultan el aprendizaje de manera directa: miedo, ansiedad, enfado, envidia y aburrimiento. Estas emociones activan mecanismos de defensa, desvían la atención y bloquean la memoria de trabajo. Por ejemplo, el miedo al examen puede hacer que un alumno brillante “se quede en blanco”, no por falta de estudio, sino por bloqueo emocional.

Por eso afirma que un clima de miedo en el aula puede reducir el rendimiento hasta un 50%.

Los docentes deben comprender que cuando un alumno no trabaja, no se mueve, no participa, no avanza, no siempre es por falta de voluntad. Puede ser:

  • Miedo a equivocarse.
  • Miedo a la burla.
  • Miedo al fracaso.
  • Miedo a sentirse incapaz una vez más.
  • Miedo al juicio del profesor.
  • Miedo a defraudar a su familia.

No es “vago”; está paralizado.

Las emociones que favorecen el aprendizaje

Ibarrola identifica siete emociones esenciales para aprender:

Curiosidad

Es la chispa inicial. Dirige la atención, despierta la exploración e invita a buscar respuestas.

Alegría

No es risa constante, sino un clima de bienestar. El cerebro aprende mejor cuando se siente a gusto.

Sorpresa

Aumenta la atención y graba la información con fuerza. Es un recurso pedagógico potente.

Orgullo

Ocurre cuando el alumno reconoce que algo le salió bien. Refuerza la autoestima y construye autoconfianza.

Confianza

Rebaja el miedo y permite asumir retos. Un alumno confiado se atreve más y sostiene el esfuerzo.

Calma

Reduce el estrés, mejora la atención y fortalece el sistema inmunológico. Es imprescindible.

Amor

Aunque no se mida en un currículum, es un factor protector: los alumnos que se sienten queridos rinden más y se esfuerzan más.

El docente como líder emocional del aula

Para Ibarrola, la docencia es también liderazgo emocional.
Un profesor emocionalmente inteligente contagia emociones positivas.
Uno que no lo es, termina contagiado por las emociones negativas del grupo.

El profesor no puede obligar a sus estudiantes a sentir o no sentir, pero sí puede:

  • Generar climas de seguridad.
  • Crear rutinas de calma.
  • Evitar prácticas que despierten miedo o humillación.
  • Cuidar el tono, la mirada, la manera de corregir.
  • Humanizar el error.
  • Convertir el aula en un espacio donde es seguro intentar.

La educación emocional no es un añadido.
Es parte del corazón del aprendizaje.

Conclusión: comprender para transformar

Decir que un alumno es vago es una explicación cómoda, pero científicamente falsa.
Los estudiantes no se vuelven vagos por voluntad propia. Se bloquean, se protegen, se resignan, se esconden tras una máscara de indiferencia porque el fracaso anticipado duele.

La verdadera labor docente comienza cuando entendemos esto:

  • Cuando vemos detrás de la conducta la emoción.
  • Cuando distinguimos entre falta de esfuerzo y falta de esperanza.
  • Cuando apostamos por reconstruir la memoria emocional del alumno en lugar de etiquetarlo.
  • Cuando devolvemos a cada niño la convicción de que sí puede.

El mensaje de Begoña Ibarrola es claro:

La llave del aprendizaje no está solo en el contenido, sino en el mundo emocional del alumno. Y ningún niño aprende bien desde el miedo o la desconfianza.

Educar es iluminar, acompañar y volver posible lo que el alumno cree imposible.

Redacción | Web del Maestro CMF


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