En un reciente análisis compartido por Favio Morán, fundador de Holística Capital Humano y de la Academia Favio Morán, el especialista propone una reflexión dirigida a docentes y líderes educativos sobre el manejo de los alumnos con conductas disruptivas. Aunque sus planteamientos surgen desde Argentina, el enfoque resulta aplicable a cualquier contexto educativo donde los profesores enfrentan el desafío de mantener un ambiente propicio para el aprendizaje. La idea central es que detrás de una conducta difícil puede existir una historia de vida que merece ser comprendida sin perder de vista el derecho del resto de los estudiantes a aprender en un entorno ordenado y seguro.
La conducta disruptiva como una forma de comunicación
Uno de los principales planteamientos es que la conducta disruptiva no siempre representa un simple problema de disciplina, sino una forma de comunicación no verbal. Desde esta perspectiva, el comportamiento desafiante puede ser la manifestación de conflictos emocionales, familiares o sociales que el estudiante no sabe expresar mediante palabras.
El especialista sostiene que muchas veces el aula se convierte en el único espacio donde algunos niños o adolescentes exteriorizan aquello que silencian fuera de ella. En ese sentido, comprender el origen del comportamiento permite intervenir con mayor inteligencia pedagógica sin justificar las acciones inapropiadas.
Como señala Morán: «La conducta disruptiva es comunicación no verbal.»
Tres posibles explicaciones detrás del comportamiento desafiante
El análisis identifica tres dinámicas que podrían explicar parte de estas conductas.
• Portavoz del caos familiar
Algunos estudiantes podrían estar reflejando situaciones complejas vividas en su entorno familiar. La violencia, la ausencia de contención o conflictos permanentes pueden expresarse mediante comportamientos agresivos o desafiantes dentro del aula, convirtiendo la escuela en el lugar donde liberan emociones acumuladas.
• Búsqueda de pertenencia mediante la oposición
Cuando un estudiante no logra destacar académicamente o siente que pasa desapercibido, puede optar por convertirse en el centro de atención a través del conflicto. El liderazgo negativo aparece entonces como una estrategia para obtener reconocimiento, aunque este provenga de llamados de atención o sanciones constantes.
• Heridas relacionadas con la autoridad
Otra posibilidad es que el estudiante proyecte sobre el docente experiencias negativas previas con figuras de autoridad. No necesariamente desafía a la persona que enseña, sino a la representación de autoridad que asocia con experiencias dolorosas o ausentes.
Cinco estrategias para intervenir sin perder el control del aula
A partir de esta mirada sistémica, se plantean diversas herramientas orientadas a proteger tanto al estudiante con dificultades como al resto del grupo.
1. Evitar el escenario público
Las confrontaciones delante de toda la clase suelen fortalecer el papel que el estudiante busca representar. Por ello, se recomienda abordar las situaciones delicadas en privado, generando un espacio de diálogo donde el alumno pueda expresar aquello que está viviendo.
Morán propone iniciar la conversación desde la curiosidad antes que desde la confrontación: «Veo que hoy necesitás mucha atención. ¿Qué te pasa que no me podés decir con palabras?»
2. Proteger al grupo que sí desea aprender
Otra recomendación consiste en reforzar positivamente a quienes mantienen una actitud adecuada, evitando que toda la atención del docente quede concentrada en quien interrumpe constantemente la clase.
Entre las acciones sugeridas destacan:
- Reconocer públicamente el esfuerzo de los estudiantes que participan de manera adecuada.
- Reducir la atención sobre interrupciones menores cuando sea pedagógicamente conveniente.
- Mantener el foco en el aprendizaje colectivo sin convertir al alumno disruptivo en el centro permanente de la clase.
Este enfoque busca que el grupo perciba que la participación positiva también recibe reconocimiento.
3. Transformar la necesidad de protagonismo en liderazgo positivo
Una de las propuestas más interesantes consiste en asignar responsabilidades reales al estudiante que suele generar conflictos.
Algunas alternativas incluyen:
- Coordinar una actividad del grupo.
- Apoyar en la organización de materiales.
- Colaborar con tareas técnicas dentro del aula.
- Asumir funciones de apoyo al docente.
La finalidad es que el alumno encuentre una forma saludable de obtener reconocimiento y pertenencia sin recurrir al conflicto.
4. Diferenciar a la persona de la conducta
El enfoque plantea una idea fundamental para la convivencia escolar: es posible rechazar una conducta sin descalificar al estudiante.
Esto implica validar la emoción que experimenta el alumno mientras se mantienen límites claros respecto a aquello que resulta inaceptable. La firmeza disciplinaria no es incompatible con la empatía.
En este sentido, se propone transmitir mensajes donde el estudiante comprenda que sus emociones son escuchadas, pero también que existen normas que deben respetarse para garantizar el bienestar de todos.
5. Convertir a las familias en aliadas del proceso educativo
Finalmente, el especialista destaca la importancia de construir una relación colaborativa con los padres o apoderados.
Las reuniones familiares no deberían limitarse a comunicar problemas o sanciones, sino convertirse en espacios para comprender mejor las necesidades del estudiante y diseñar estrategias conjuntas.
En lugar de centrar la conversación en la búsqueda de culpables, se propone orientar el diálogo hacia objetivos compartidos:
- Comprender las necesidades emocionales del estudiante.
- Intercambiar información relevante entre familia y escuela.
- Diseñar acciones coordinadas para favorecer su desarrollo.
- Fortalecer la confianza entre los adultos responsables de su educación.
Una mirada sistémica que no reemplaza la disciplina, sino que la fortalece
El planteamiento de Favio Morán no propone eliminar las normas ni relativizar las consecuencias de las conductas inapropiadas. Su enfoque invita a comprender que la disciplina resulta más efectiva cuando va acompañada de una comprensión profunda del contexto del estudiante.
La autoridad docente continúa siendo indispensable para garantizar un ambiente de aprendizaje, pero esa autoridad puede ejercerse desde el equilibrio entre la firmeza y la comprensión. Al mismo tiempo, el derecho de los demás alumnos a aprender debe permanecer protegido, evitando que las conductas disruptivas deterioren el clima del aula.
En definitiva, la propuesta plantea que educar implica trabajar con historias de vida, no únicamente con contenidos académicos. Cuando el docente logra mirar más allá de la conducta visible, aumenta la posibilidad de intervenir de forma más efectiva, fortalecer la convivencia escolar y ofrecer nuevas oportunidades de desarrollo a quienes más las necesitan, sin renunciar al orden, los límites y la calidad del proceso educativo.
Redacción | Web del Maestro CMF