Ramón Espejo: Tenemos la generación peor preparada de la historia, y lo peor es que probablemente la que venga después estará todavía peor preparada y eso lo sabe prácticamente todo el mundo

Una reflexión crítica sobre un sistema educativo que reduce la exigencia, debilita el conocimiento y deja a los jóvenes desprotegidos.

En un artículo publicado en ABC y firmado por Jesús Álvarez, el catedrático de Filología Ramón Espejo (Universidad de Sevilla) plantea una crítica frontal al rumbo del sistema educativo español a partir de las ideas recogidas en su libro El laberinto educativo y el aprendizaje fake (Editorial Brief). Su tesis central no se dirige contra los jóvenes, sino contra el entramado de decisiones, inercias y discursos que —según sostiene— han debilitado la cultura del conocimiento, la exigencia académica y la autoridad pedagógica, dejando a los estudiantes como principales perjudicados.

Un diagnóstico incómodo: menos conocimiento, más relato

Espejo cuestiona uno de los mensajes más repetidos en el debate público: la idea de que vivimos en “la generación mejor preparada de la historia”. A su juicio, esa afirmación funciona como un eslogan tranquilizador, pero no describe lo que ocurre en aulas y centros. Su postura se resume en una advertencia: si el sistema premia la promoción automática, reduce la exigencia y relativiza el valor del saber, entonces la preparación real disminuye aunque aumenten los títulos. El problema no sería la falta de talento de los alumnos, sino un contexto que facilita la “delegación” del aprendizaje: aprobar sin dominar, avanzar sin comprender, y sustituir el estudio sostenido por tareas menos rigurosas o más superficiales.

En este marco, la discusión sobre metodologías queda subordinada a un punto más decisivo: qué se enseña, cuánto se exige y cómo se verifica el aprendizaje. Espejo no niega la buena intención de muchos actores, pero insiste en que la voluntad de mejorar no garantiza resultados si el modelo institucional desincentiva el esfuerzo y debilita el valor del conocimiento.

Los jóvenes como “víctimas del sistema”

Un elemento relevante del planteamiento es el giro moral que propone: en lugar de culpar a los adolescentes por su desinterés o su dependencia del móvil, responsabiliza a los adultos —familias, responsables políticos, diseñadores de políticas educativas, “expertos” alejados del aula— por haber configurado un entorno que no protege el aprendizaje. En su visión, culpar al estudiante es una forma de culpabilizar a la víctima: el teléfono, las plataformas y la economía de la atención no fueron creados por ellos; se les entregó un dispositivo y, al mismo tiempo, se debilitó el entrenamiento en lectura, concentración, disciplina intelectual y cultura general.

De ahí su llamado provocador: anima a los jóvenes a “denunciar” (en sentido cívico y crítico) a quienes les han privado de conocimientos que otras generaciones sí recibieron. Más que una frase efectista, busca invertir la carga del discurso: si la educación falla, el primer foco no debe ser el alumno, sino el diseño del sistema.

La “casta” pedagógica y el divorcio con el aula

Espejo denuncia también un fenómeno que considera estructural: la creciente influencia de un discurso pedagógico oficial que, según él, ha terminado por desprestigiar la cultura académica, la lectura y la transmisión de saberes sólidos. En esa línea habla de una “casta” de pedagogos que, en su opinión, ofrece la coartada perfecta para leyes educativas que vacían contenidos, convierten el aprendizaje en un trámite y sustituyen la excelencia intelectual por un igualitarismo mal entendido.

Su crítica no es tanto a la pedagogía como disciplina, sino a una pedagogía convertida en dogma y desconectada de la práctica cotidiana. Por eso subraya el contraste entre quienes “teorizan” sobre educación y quienes la sostienen cada día en el aula. Para Espejo, una de las formas más auténticas de disidencia educativa es simple y, a la vez, exigente: cerrar la puerta y enseñar de verdad, incluso cuando la burocracia, la inspección o la moda metodológica empujan hacia otro lado.

La experiencia docente como capital desperdiciado

Otro punto significativo es su defensa de los docentes veteranos. Considera injusto que la docencia sea, paradójicamente, una de las pocas profesiones donde la experiencia acumulada pierde valor público e institucional. Reivindica a profesores jubilados o invisibilizados que podrían aportar criterios, perspectiva histórica y saber pedagógico real. En esa reivindicación aparece una crítica indirecta a la lógica mediática: a veces, propuestas con poca evidencia reciben gran difusión, mientras el conocimiento profesional de décadas queda en segundo plano.

Este énfasis conecta con una idea potente: el sistema educativo necesita menos “ruido” y más memoria profesional, menos consignas y más saber práctico contrastado.

Bilingüismo y élites: la promesa que no se cumple para todos

Espejo califica el “bilingüismo” escolar como una “gran falacia” en muchos casos. El punto no es negar el valor de aprender idiomas, sino denunciar que, si se implementa mal, puede convertirse en etiqueta de prestigio sin resultados equivalentes en competencia real. Además, asoma una preocupación de equidad: cuando familias con recursos optan por centros privados buscando mayor rigor o estabilidad (se menciona el caso comentado por Antonio Muñoz Molina), se refuerza una fractura: lo que debería garantizar el sistema público termina quedando condicionado por el nivel socioeconómico.

Promoción automática, burocracia y presión institucional

En el texto se describen dinámicas que, según Espejo, degradan la evaluación: presiones para aprobar, incentivos para maquillar estadísticas y un uso creciente de la burocracia como herramienta de control. La consecuencia sería doble: por un lado, el docente pierde margen para exigir; por otro, el alumno recibe señales confusas sobre lo que significa aprender. Si el sistema prioriza “titular” por encima de dominar contenidos, se normaliza una cultura en la que el certificado pesa más que el conocimiento.

A la vez, Espejo rechaza soluciones simplistas como “pagar más” para mejorar la calidad. Su enfoque es de responsabilidad: el núcleo no es el salario, sino el compromiso con la tarea esencial por la que se contrata al docente: enseñar y lograr aprendizaje real.

Una salida posible: respeto, conocimiento y exigencia inteligente

A pesar del tono crítico, su planteamiento abre un camino: recuperar el valor del conocimiento, la lectura, la cultura general y el esfuerzo sostenido, sin caer en nostalgias ni en demonizaciones. También cuestiona la idea de que “ser progresista” equivalga a no exigir: para él, el progreso auténtico incluye el progreso intelectual, y ese progreso exige trabajo.

En términos prácticos, su propuesta implica revisar el sentido del igualitarismo: igualdad no es que todos hagan lo mismo al mismo tiempo, sino ofrecer oportunidades reales con itinerarios formativos coherentes, especialmente en edades donde mantener a todos en un único carril produce frustración y desenganche.


La intervención de Ramón Espejo, tal como se presenta en el artículo, es una llamada a dejar de maquillar el problema con discursos amables. Su diagnóstico puede incomodar, pero coloca el foco en un punto crucial: sin conocimiento exigente, sin lectura, sin evaluación rigurosa y sin autoridad pedagógica, la educación se vuelve un trámite. Y cuando eso ocurre, los estudiantes no son culpables: son los primeros damnificados. El debate, entonces, no debería girar solo en torno a metodologías de moda, sino a una pregunta más decisiva: qué sistema estamos construyendo y a quién beneficia realmente.

Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: ACB de Sevilla


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